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MC isaac asimov y otros

Foro : Cuentos de Asimov : ¡localizados!

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shi_ppogash
JustMC

Sexo: Masculino
Edad: 24
Registrado: 14 mar 2009
Ubicación: el otro extremo de la galaxia

¡localizados!

Mensaje por shi_ppogash el Dom Nov 07, 2010 08:11
Hi hace mucho que no hay actividad salvo por pocos usuarios a los que agradesco el mantener semi activo el foro.

este año e tenido muy descuidado a este mi genero favorito por lo que para remediarlo me puse a releer un libro de cuentos de Asimov y encontre uno que me gusto mucho en su momento y en la reelectura

aqui esta
Spoiler de Localizaos:
¡LOCALIZADOS!
ISAAC ASIMOV
Al igual que las otras tres que se perseguían mutuamente en órbita alrededor de la Tierra,
Computadora Dos era mucho más grande de lo que debía ser.
Podría haber tenido una décima parte de su diámetro y con todo contener el volumen que
precisaba para almacenar los datos acumulados y por acumular que permitían controlar la totalidad
de los vuelos espaciales.
Sin embargo, necesitaban el espacio extra, para que Joe y yo pudiéramos meternos dentro si nos
hacía falta. Y nos hacía falta.
Computadora Dos era perfectamente capaz de cuidar de sí misma. Es decir, normalmente.
Resolvía cualquier problema tres veces en circuitos paralelos, y los tres programas debían encajar
perfectamente; las tres respuestas debían coincidir. Si no era así, la respuesta se retrasaba unos
nanosegundos mientras Computadora Dos hacía la comprobación, encontraba la parte que
funcionaba mal y la reemplazaba.
No existía medio seguro que permitiera a la gente ordinaria saber cuántas veces se corregía
Computadora Dos. Quizá nunca. Quizá dos veces diarias. Sólo Computadora Central sabía cuántos
recambios de componentes habían sido usados como sustitutos. Y Computadora Central jamás
hablaba de ello. La única imagen pública de utilidad es la perfección.
Y esa perfección había existido. Hasta entonces, nunca se había producido una sola llamada para
nosotros, para Joe y yo.
Somos los reparadores. Subimos allí cuando algo va realmente mal, cuando Computadora Dos o
alguna de las otras no pueden corregirse. Eso jamás había sucedido en los cinco años que llevábamos
en el empleo. Ocurrió de vez en cuando en los primeros tiempos, pero fue antes de nuestra época.
Nos manteníamos bien entrenados, no me interpreten mal. No hay una sola computadora a la que
Joe y yo no seamos capaces de hacer un diagnóstico. Muéstrennos el error y nosotros les
mostraremos la avería. O lo hará Joe, da lo mismo. No soy de esas que cantan sus alabanzas. El
expediente habla por sí solo.
Sea como fuere, en esta ocasión ninguno de los dos lograba hacer el diagnóstico.
Lo primero que sucedió fue que Computadora Dos perdía presión interna. No es un fallo sin
precedentes y, ciertamente, tampoco es fatal. Al fin y al cabo, Computadora Dos puede trabajar en el
vacío. La atmósfera interna se estableció en los viejos tiempos, cuando se esperaba que habría un
flujo constante de reparadores que manosearían la máquina. Y se ha conservado por pura tradición.
¿Quién dice que los científicos no están atados a la tradición? Cuando no hacen de científicos,
también son humanos.
Partiendo del ritmo de la pérdida de presión se dedujo que un meteorito del tamaño de un guijarro
había alcanzado a Computadora Dos. El radio, masa y energía exactos fueron dados a conocer por la
misma Computadora Dos, utilizando como datos el ritmo de la pérdida de presión, y algunas otras
irregularidades.
Lo segundo que sucedió fue que la brecha no se cerró y por consiguiente la atmósfera no se
regeneró. Después se produjeron errores, y nos llamaron.
Era absurdo. Joe dejó que un gesto de pesar recorriera sus ordinarias facciones y dijo:
¾Debe haber un montón de cosas averiadas.
¾Es muy probable que el trozo de roca rebotara ¾dijo alguien en Computadora Central.
¾Con esa energía de entrada ¾observó Joe¾, habría salido directamente por el otro lado. Nada
de rebotes. Además, incluso con rebotes, tendría que haber recibido golpes muy improbables.
¾Bien, ¿qué hacemos, entonces?
Joe estaba incómodo. Creo que fue en ese momento cuando empezó a intuir lo que se
aproximaba. Había logrado que el caso sonara lo bastante raro como para requerir la presencia de los
reparadores en el lugar..., y Joe jamás había estado en el espacio. Joe no me había dicho una sola vez
que su principal motivo para aceptar el empleo era que confiaba en no tener que subir al espacio; me
lo había dicho 2X veces, siendo x un número bastante alto.
Así que tuve que decirlo por él.
¾Tendremos que subir ahí arriba ¾expuse.
La única salida de Joe habría consistido en afirmar que no creía poder ocuparse de la tarea; sin
embargo, vi que su orgullo iba sacándole ventaja poco a poco a su cobardía. No mucha ventaja,
claro. Digamos que ganó por un pelo.
Para los que no hayan estado en una nave espacial en los últimos quince años ¾y supongo que es
imposible que Joe sea el único¾, permítanme subrayar que la aceleración inicial constituye el único
detalle fastidioso. Y no puedes librarte de eso, por supuesto.
Después no ocurre nada, a menos que se quiera tener en cuenta el posible aburrimiento. Eres un
simple espectador. Todo el conjunto está automatizado y controlado por computadora. Los viejos y
románticos días de los pilotos han desaparecido por completo. Supongo que volverán brevemente
cuando nuestras colonias espaciales se trasladen al cinturón de asteroides, como en todo momento
amenazan con hacer..., pero será tan sólo hasta que nuevas computadoras sean puestas en órbita para
hacerse cargo de la capacidad adicional precisa.
Joe contuvo la respiración durante la aceleración, o al menos dio la impresión de hacerlo. (Debo
admitir que yo misma no me encontraba muy a gusto. Sólo era mi tercer viaje. Había pasado un par
de vacaciones en Colonia Ro acompañada de mi marido, pero no puede decirse que fuera una mujer
curtida.) Después Joe se tranquilizó un rato, pero sólo un rato. Luego empezó a desanimarse.
¾Confío en que este trasto sepa adónde va ¾dijo, con aire de irritación.
Extendí las manos, con las palmas hacia arriba, y sentí que el resto de mi cuerpo oscilaba un poco
hacia atrás en el campo de gravedad nula.
¾Eres un especialista en computadoras ¾comenté¾. ¿Dudas acaso que sepa adónde va?
¾No, claro, pero Computadora Dos está fuera de servicio.
¾No estamos conectados a Computadora Dos ¾expliqué¾. Hay otras tres. Y aunque sólo
quedara una en funcionamiento, sería capaz de ocuparse de todos los viajes espaciales de un día
normal.
¾Las cuatro podrían quedar fuera de servicio. Si Computadora Dos falla, ¿por qué no las demás?
¾En ese caso controlaremos la nave manualmente.
¾Lo harás tú, supongo. ¿Sabes cómo? Creo que no.
¾Bueno, ya me lo dirán ellos.
¾¡Por el amor de Eniac! ¾gruñó Joe.
En realidad no hubo problemas. Avanzamos hacia Computadora Dos con la misma fluidez del
vacío y, menos de dos días después del despegue, fuimos colocados en una órbita de
estacionamiento a menos de diez metros de la parte trasera.
Lo que no resultó tan grato fue que, a las veinte horas de haber partido, recibimos la noticia
procedente de la Tierra informando que Computadora Tres estaba perdiendo presión interna. La falla
de Computadora Dos iba a extenderse al resto, y cuando las cuatro máquinas quedaran fuera de
servicio, el vuelo espacial quedaría frenado. Era posible reorganizarlo sobre una base manual, sí,
pero eso llevaría meses como mínimo, tal vez años, y se produciría un grave trastorno económico en
la Tierra. Pero, lo que era aún más importante, probablemente morirían varios miles de personas que
se encontraran en el espacio.
No servía de nada pensar en eso, y ni Joe ni yo hablamos del asunto, pero el humor de Joe no
mejoró y, digamos la verdad, eso no me hizo nada feliz.
La Tierra flotaba a doscientos mil kilómetros por debajo de nosotros, aunque a Joe no le
inquietaba el detalle. Estaba concentrado en su correa y comprobando su pistola de reacción.
Deseaba asegurarse que podría llegar a Computadora Dos y regresar.
Les sorprendería comprobar la habilidad de sus piernas espaciales ¾si es que no lo han hecho
nunca¾ cuando no les queda más remedio que moverse. No me atrevería a decir que lo hicimos
inigualablemente; de hecho, desperdiciamos la mitad del combustible que usamos, pero por fin
llegamos a Computadora Dos. Apenas notamos un golpe al tocar Computadora Dos. (Por supuesto,
el ruido se oye incluso en el vacío, porque la vibración atraviesa el tejido metálico de tu traje espacial;
pero apenas hubo un golpe, sólo un murmullo.)
Como es de suponer, nuestro contacto y la adición de nuestro impulso alteró ligeramente la órbita
de Computadora Dos, aunque un pequeño gasto de combustible compensó el hecho y no tuvimos
que preocuparnos por eso. Computadora Dos se encargó del problema, ya que, por lo que sabíamos,
ninguna de sus averías había afectado su funcionamiento externo.
Primero acometimos la parte exterior, naturalmente. La posibilidad que un pequeño fragmento de
roca hubiera atravesado como un proyectil a Computadora Dos, y dejado un agujero inconfundible,
era bastante abrumadora. Dos agujeros, probablemente: uno al entrar y otro al salir.
La posibilidad que tal cosa suceda es de una entre dos millones en un día dado, lo que significa
que sucederá al menos una vez en seis mil años. No es probable, pero sí posible, ¿comprenden? La
probabilidad que la máquina sea alcanzada por un meteorito bastante grande como para destruirla es
de una entre diez mil millones por día.
No mencioné estos datos porque Joe podía darse cuenta que también nosotros estábamos
expuestos a probabilidades similares. De hecho, cualquier impacto que recibiéramos haría mucho
más daño a nuestros delicados y tiernos organismos que a la estoica y superresistente maquinaria de
la computadora, y yo no quería que Joe se pusiera más nervioso de lo que estaba.
La cuestión es que, pese a todo, no se trataba de un meteorito.
¾¿Qué es esto? ¾preguntó al fin Joe.
Era un pequeño cilindro pegado a la pared externa de Computadora Dos, la primera anormalidad
que habíamos descubierto en su apariencia exterior. Tenía medio centímetro de diámetro y quizá seis
de largo. Casi como un cigarrillo, para los que hayan caído en la antigua mala manía de fumar.
Sacamos nuestras linternas.
¾No es uno de los componentes externos ¾dije.
¾Seguro que no ¾murmuró Joe.
Había una débil marca en espiral que recorría el cilindro de una punta a otra. Nada más. Por lo
demás, era de metal, aunque de composición granulosa, muy rara..., al menos a la vista.
¾No está muy pegado ¾dijo Joe.
Lo tocó suavemente con un dedo grueso y enguantado y el cilindro cedió. Empezó a alzarse de
donde había hecho contacto con la superficie de Computadora Dos, y nuestras linternas iluminaron
un boquete visible.
¾He ahí el motivo por el que la presión interna cayera a cero ¾dije.
Joe gruñó. Apretó un poco más, y el cilindro saltó y empezó a irse flotando. Logramos atraparlo
con cierto esfuerzo. Tras de sí había dejado un agujero perfectamente circular en la superficie de
Computadora Dos, con un diámetro de medio centímetro.
¾Este objeto, lo que sea, no es mucho más que hojalata.
El cilindro, delgado pero elástico, cedía fácilmente bajo los dedos de Joe. Un poco más de presión
y se abolló. Joe se metió el objeto en el bolsillo y cerró éste rápidamente.
¾Recorre la parte exterior y comprueba si hay más cosas de estas. Yo iré adentro ¾dijo.
No tardé mucho. Luego entré en la computadora.
¾Todo en orden ¾expliqué¾. Este es el único que hay. El único agujero.
¾Con uno basta¾contestó sombríamente Joe. Contempló el liso aluminio de la pared; a la luz
de la linterna, el perfecto círculo de negrura resultaba maravillosamente evidente.
No fue difícil poner un precinto en el agujero. Reconstituir la atmósfera resultó algo más difícil.
Las reservas de los materiales que Computadora Dos tenía para formar gas eran escasas y los
controles requerían un ajuste manual. El generador solar fallaba, pero nos las arreglamos para
encender las luces.
Finalmente, nos quitamos los guantes protectores y el casco, no sin que Joe colocara los primeros
dentro del segundo y asegurara el conjunto a uno de los lazos de su traje.
¾Quiero tenerlos a mano si la presión empieza a caer ¾dijo agriamente.
De modo que yo hice lo mismo.
Había una señal en la pared, justo junto al boquete. Yo la había visto a la luz de la linterna cuando
estaba ajustando el precinto. Al encenderse las luces, la marca quedó bien patente.
¾¿Has visto eso, Joe? ¾pregunté.
¾Lo he visto.
Había una depresión sutil y muy poco profunda en la pared, no muy visible, pero no había duda
de su existencia si se pasaba el dedo por encima. Se observaba en una extensión de casi un metro.
Era como si alguien hubiera arrancado una finísima capa de metal, de manera que la superficie
quedaba claramente menos lisa que en otros puntos.
¾Será mejor que llamemos a Computadora Central desde abajo.
¾Si te refieres a cuando volvamos a la Tierra, de acuerdo ¾contestó Joe¾. Me disgusta esa
farsa de la conversación espacial. La verdad es que me disgusta todo lo relacionado con el espacio.
Por eso acepté un empleo en la parte terrestre..., o sea, un empleo en la Tierra; al menos se suponía
que lo era.
¾Será mejor que llamemos a Computadora Central cuando volvamos a la Tierra ¾dije
pacientemente¾.
¾¿Para qué?
¾Para decirles que hemos localizado el fallo.
¾¿Ah, sí? ¿Qué hemos localizado?
¾El agujero. ¿No lo recuerdas?
¾Pues sí, lo recuerdo. ¿Y qué produjo el agujero? No fue un meteorito. Nunca vi uno que dejara
un boquete perfectamente circular, sin señales de pandeo o fusión. Y menos que dejara un cilindro.
¾Sacó el objeto del bolsillo de su traje y alisó la abolladura, con aire pensativo¾. Bien, ¿qué
produjo el agujero?
¾No lo sé ¾repliqué sin dudarlo.
¾Si informamos a Computadora Central, harán las preguntas, contestaremos «No lo sé», y, ¿qué
habremos ganado aparte de un lío?
¾Ellos nos llamarán, Joe, si nosotros no los llamamos a ellos.
¾Claro. Y nosotros no responderemos.
¾Supondrán que hemos muerto y enviarán un grupo de rescate.
¾Ya conoces a Computadora Central. Les costará dos días decidirse. Tendremos algo para
entonces, y en cuanto lo tengamos llamaremos.
La estructura interna de Computadora Dos no estaba diseñada realmente para ocupación humana.
Estaba prevista la presencia ocasional y temporal de reparadores. Eso significaba que había espacio
para maniobrar, y también herramientas y recambios.
Pero no había un solo sillón. Por lo demás, tampoco existía campo gravitatorio o una imitación
centrífuga.
Los dos flotábamos, bamboleándonos lentamente hacia un lado u otro. De vez en cuando, uno
tocaba la pared y rebotaba con suavidad. O una parte de uno se superponía a una parte del otro.
¾Saca el pie de mi boca ¾dijo Joe, y lo apartó violentamente.
Fue un error, porque los dos nos pusimos a girar. Naturalmente, no fue esa la impresión que
tuvimos. Para nosotros, era el interior de Computadora Dos el que giraba, cosa muy desagradable, y
nos costó un buen rato quedar relativamente inmóviles de nuevo.
Teníamos la teoría perfectamente desarrollada en nuestro entrenamiento en casa, pero estábamos
escasos de práctica. Muy escasos.
Cuando logramos estabilizarnos, sentí unas molestas náuseas. Llámenlo náuseas, astronáuseas o
enfermedad del espacio, pero de todas formas son náuseas, y son peores en el espacio que en
cualquier otro lugar, porque no hay nada para recoger los vómitos. Flotan alrededor en una nube de
glóbulos, y no apetece seguir flotando cerca de ellos. Así que me contuve. Igual que Joe.
¾Joe, está claro que la computadora falla. Examinemos sus entrañas.
Cualquier cosa para no pensar en mis entrañas y dejarlas en paz. Además, las cosas no iban
demasiado de prisa. Yo seguía pensando en Computadora Tres camino del fallo total; quizá la Uno y
la Cuatro estuvieran ya igual. Y había miles de personas en el espacio con la vida pendiente de lo
que nosotros hiciéramos.
Joe también tenía la tez algo verdosa.
¾Primero tengo que pensar ¾dijo¾. Algo se metió dentro. No fue un meteorito, porque ha
levantado un buen agujero en el casco. Y no se trata de un corte, porque no he encontrado un solo
fragmento de metal en el interior. ¿Y tú?
¾No. Pero no se me ha ocurrido buscarlo.
¾A mí sí, y no hay nada por aquí.
¾Puede haber caído al exterior.
¾¿Con el cilindro tapando el agujero hasta que yo lo quité? Muy prometedor. ¿Has visto algo
que saliera volando?
¾No.
¾Aún es posible que lo encontremos aquí, claro, pero lo dudo. La pared se disolvió de alguna
forma, y algo entró.
¾¿El qué? ¿Por qué?
La sonrisa de Joe fue notablemente maliciosa.
¾¿Por qué quieres formular preguntas que no tienen respuesta? Si estuviéramos en el siglo
pasado, yo diría que los rusos se las han arreglado para pegar ese dispositivo afuera... No te ofendas.
Si estuviéramos en el siglo pasado, tú dirías que habían sido los estadounidenses.
Decidí ofenderme.
¾Estamos tratando de llegar a algo que tenga sentido en este siglo, Iosif ¾dije fríamente, con
exagerado acento ruso.
¾Tendremos que suponer que ha sido cierto grupo disidente.
¾Si es así ¾repliqué¾, tendremos que pensar en un grupo con capacidad para el vuelo espacial
y con pericia para inventar un mecanismo poco común.
¾El vuelo espacial no ofrece dificultades, si puedes intervenir ilegalmente en las computadoras
en órbita..., cosa que ha sido hecha. En cuanto al cilindro, tal vez sea menos absurdo cuando sea
analizado en la Tierra..., abajo, como dirían los entusiastas del espacio.
¾No tiene lógica ¾apunté¾. ¿Por qué tratar de incapacitar a Computadora Dos?
¾Como parte de un programa para incapacitar el vuelo espacial.
¾En ese caso, todo el mundo sufrirá las consecuencias. También los disidentes.
¾Pero llama la atención de todo el mundo, ¿verdad?, y de repente la causa de quienquiera que
sea se hace famosa. O el plan consiste simplemente en dejar fuera de combate a Computadora Dos y
luego amenazar con hacer lo mismo con las otras tres. Ningún daño serio, pero infinidad de daño en
potencia, y montones de publicidad.
Joe estaba examinando atentamente todas las partes del interior, repasándolo centímetro cuadrado
a centímetro cuadrado.
¾Podríamos suponer que el objeto no es de origen humano.
¾No seas loco.
¾¿Quieres que te dé mi opinión? El cilindro hizo contacto, después de lo cual algo de su interior
comió un círculo de metal y penetró en Computadora Dos. Se arrastró por la pared interior,
devorando una delgada capa metálica por alguna razón. ¿Te suena eso a algo de construcción
humana?
¾No que yo sepa, pero no lo sé todo. Ni siquiera tú lo sabes todo.
Joe ignoró mi comentario.
¾Así que la cuestión es: ¿cómo logró esa cosa, lo que fuera, entrar en la computadora, que al fin
y al cabo está razonablemente bien cerrada? Lo hizo con mucha rapidez, ya que anuló los
dispositivos de reparación y regeneración de presión casi al instante.
¾¿Es eso lo que buscas? ¾dije, señalando.
Joe trató de pararse demasiado rápidamente y dio un salto mortal hacia atrás, mientras gritaba:
¾¡Eso es! ¡Eso es!
En su excitación, agitó brazos y piernas, cosa que no le llevaba a ninguna parte, claro está. Le
agarré y durante un rato intentamos ejercer impulsos en direcciones no coordinadas, cosa que
tampoco nos llevó a ninguna parte. Joe me dedicó algunos insultos, pero yo se los devolví, y en eso
tenía ventaja. Comprendo el inglés a la perfección, de hecho mejor que Joe. Pero sus conocimientos
de ruso son..., bueno, «fragmentarios» sería un adjetivo cortés. En un idioma que no se entiende, las
malas palabras siempre resultan muy espectaculares.
¾Aquí está ¾dijo Joe cuando finalmente nos equilibramos.
Apartó un pequeño cilindro del lugar donde el blindaje de la computadora se unía a la pared y
apareció un diminuto agujero circular. El cilindro era igual que el del casco exterior, pero parecía
más delgado. De hecho, pareció desintegrarse cuando Joe lo tocó.
¾Será mejor que entremos en la computadora ¾dijo Joe.
La computadora era una confusión.
No a primera vista. No pretendo afirmar que fuera como un madero agujereado por termitas.
En realidad, si se observaba la computadora superficialmente, podía jurarse que estaba intacta.
Mirando con atención, sin embargo, era obvio que algunas de las placas habían desaparecido.
Cuanto más atentamente mirabas, más placas veías que faltaban. Por otro lado, los repuestos que
Computadora Dos usaba para repararse a sí misma se habían reducido a casi nada. Seguimos
observando y descubrimos que faltaban otros detalles.
Joe se volvió a sacar el cilindro del bolsillo y contempló los dos extremos.
¾Sospecho que se trata de silicio de alta calidad ¾explicó¾. No puedo asegurarlo, claro, pero
creo que los lados son fundamentalmente de aluminio, y los extremos planos, de silicio.
¾¿Pretendes decir que el objeto es una batería solar?
¾En parte sí. Así obtiene energía en el espacio. Energía para llegar a Computadora Dos, para
hacer un agujero, para..., para..., no sé cómo decirlo. Para seguir viviendo.
¾¿Has dicho... viviendo?
¾¿Por qué no? Mira, Computadora Dos se repara sola. Es capaz de rechazar partes defectuosas y
reemplazarlas con otras que funcionen, pero necesita una provisión de repuestos para hacerlo. Con
suficientes repuestos de todos los tipos, podría construir una computadora igual, siempre que se la
programara adecuadamente, pero necesita de esos repuestos, así que no suponemos que vive. El
objeto que penetró en Computadora Dos recoge, al parecer, sus propios suministros. Es
sospechosamente parecido a algo vivo.
¾Lo que estás diciendo es que tenemos aquí un microordenador tan avanzado que puede
considerarse vivo ¾dije.
¾Francamente, no sé lo que estoy diciendo.
¾¿Quién, en la Tierra, sería capaz de construir algo así?
¾Eso, ¿quién, en la Tierra?
Yo hice el siguiente descubrimiento. Parecía un bolígrafo rechoncho que flotaba en el aire. Sólo
lo vi por el rabillo del ojo. Era un bolígrafo.
En gravedad nula las cosas escapan de los bolsillos y flotan. No hay forma de tenerlas en su sitio
a menos que estén confinadas físicamente. Bolígrafos, monedas y cualquier otro objeto que
encuentre una abertura es de esperar que floten hacia donde las corrientes de aire y la inercia los
lleven.
De manera que mi mente registró «bolígrafo», lo busqué a tientas distraídamente y, como es
lógico, mis dedos no se cerraron sobre el objeto. El simple gesto de estirar el brazo crea una
corriente de aire que aleja lo que se busca. Hay que deslizar una mano por detrás y luego atrapar el
objeto con la otra. Asir cualquier objeto pequeño en el aire es una maniobra a dos manos.
Me volví para mirar el objeto y presté más atención en su recuperación, antes de darme cuenta
que mi bolígrafo estaba seguro en su bolsillo. Lo palpé; estaba allí.
¾¿Has perdido un boli, Joe? ¾pregunté.
¾No.
¾¿Algo parecido? ¿Una llave? ¿Un cigarrillo?
¾No fumo, ya lo sabes.
Una respuesta estúpida.
¾¿Nada? ¾dije exasperada¾. Estoy viendo cosas.
¾Bueno, nadie dice que estés equilibrada.
¾Mira, Joe. Allí. Allí.
Se abalanzó hacia el objeto. Yo podría haberle dicho que no iba a lograr gran cosa.
Para entonces nuestro fisgoneo por la computadora parecía haberlo agitado todo. Veíamos cosas
en cualquier parte que mirábamos. Flotaban en las corrientes de aire.
Detuve una al final. O mejor dicho, la cosa se detuvo sola, porque estaba en el traje de Joe, a la
altura del codo. La arranqué y grité. Joe dio un brinco de terror y casi me hizo perder el objeto de un
manotazo.
¾¡Mira! ¾exclamé.
Había un círculo brillante en el traje de Joe, justo donde yo había tomado el objeto. Éste había
empezado a abrirse camino comiéndose el material.
¾Dámelo ¾dijo Joe.
Lo tomó cautelosamente y lo apretó contra la pared para mantenerlo fijo. Después lo descortezó,
levantando con suavidad el delgadísimo metal.
Dentro había algo que semejaba una línea de ceniza de cigarrillo. Captaba la luz y fulguraba, sin
embargo, como metal ligeramente tramado.
También tenía cierta humedad. Se retorcía lentamente, dando la sensación que uno de sus
extremos buscaba algo a ciegas.
El extremo tomó contacto con la pared y se aferró a ella. El dedo de Joe lo apartó. Hacer tal cosa
parecía requerir cierto esfuerzo. Joe se frotó el pulgar.
¾Parece grasiento.
El gusano metálico ¾no sé de qué otro modo llamarlo¾ dio la impresión de estar agotado
después que Joe lo tocara. No volvió a moverse.
Yo me retorcía, y volvía la cabeza intentando contemplarme.
¾Joe ¾dije¾, por el amor de Dios, ¿se me ha pegado alguno?
¾No veo ninguno ¾contestó.
¾Bueno, mírame. Tienes que mirarme, Joe, y yo te miraré también. Si nuestros trajes están rotos
no podemos regresar a la nave.
¾En ese caso, no dejes de moverte.
¡Qué sensación tan espeluznante, estar rodeada de cosas ansiosas por disolverte el traje! Cuando
aparecía alguna, intentábamos atraparla y apartarnos de su camino al mismo tiempo, por lo que la
situación era casi imposible. Un objeto más bien grande se deslizó cerca de mi pierna y traté de
pisarlo, lo cual fue una tontería, porque si llego a alcanzarlo tal vez se me hubiera pegado. De todos
modos, la corriente de aire que ocasioné lo condujo a la pared, y allí se quedó.
Joe estiró el brazo para atraparlo..., con demasiada rapidez. El resto de su cuerpo rebotó, mientras
él daba un salto mortal y uno de sus pies golpeaba el muro cerca del cilindro. Cuando por fin Joe
logró afianzarse, el objeto seguía allí.
¾No lo aplasté, ¿eh?
¾No, no lo hiciste ¾repliqué¾. Has fallado por un decímetro. No se escapará.
Yo tenía una mano en cada extremo de la cosa. Era el doble de larga que el otro cilindro. En
realidad era como dos cilindros unidos por la base, con un estrechamiento en el punto de unión.
¾Acto de reproducción ¾dijo Joe mientras levantaba el metal. En esta ocasión lo que había
dentro era una línea de polvo. Dos líneas. Una a cada lado de la constricción¾. No cuesta mucho
matarlos. ¾Se tranquilizó claramente¾. Creo que estamos a salvo.
¾Parecen vivos ¾dije de mala gana.
¾Creo que es más que eso. Son virus..., o el equivalente.
¾¿Qué estás diciendo?
¾Por supuesto, soy técnico en computadoras y no virólogo..., pero tengo entendido que los virus
de la Tierra, o de allí «abajo», como tú dirías, están formados por una molécula de ácido nucleico
envuelta en una vaina proteica.
»Cuando un virus invade una célula, se las arregla para abrir un agujero en la membrana celular
mediante el uso de cierta enzima apropiada, y el ácido nucleico se desliza al interior, dejando fuera
la vaina proteica. Dentro de la célula encuentra el material para fabricarse una nueva vaina. De
hecho, logra formar réplicas de sí mismo y produce una nueva vaina proteica por cada réplica. En
cuanto ha despojado por completo a la célula, ésta se disuelve, y en lugar del solitario virus invasor
existen varios cientos de virus hermanos. ¿Te resulta familiar?
¾Sí. Muy familiar. Es lo que está ocurriendo aquí. Pero, ¿de dónde ha salido esto, Joe?
¾Es obvio que ni de la Tierra ni de una colonia terrestre. De algún otro sitio, supongo. Flotan por
el espacio hasta que encuentran algo apropiado que les permita multiplicarse. Buscan objetos
grandes de metal elaborado. No creo que sean capaces de olfatear minerales metalíferos.
¾Pero grandes objetos metálicos con componentes de silicio puro y algunos otros materiales
igual de suculentos sólo son producto de una vida inteligente ¾opiné.
¾Exacto ¾dijo Joe¾. Lo que significa que poseemos la mejor prueba confirmando que la vida
inteligente es común al Universo, ya que objetos como este satélite tienen que abundar bastante, o no
podrían mantener a estos virus. Y eso también significa que la vida inteligente es antigua, quizá de
diez mil millones de años, y lo suficientemente desarrollada para permitir una especie de evolución
metálica, la creación de una vida metal/silicio/grasa, igual que nosotros hemos formado una vida
ácido nucleico/proteínas/agua. Es tiempo suficiente para que evolucione un parásito de artefactos
espaciales.
¾Das a entender que siempre que una forma de vida inteligente crea una cultura espacial, no
tarda en verse sometida a una infección parásita.
¾Exacto. Y debe ser controlada. Por fortuna, estos seres son fáciles de matar, en especial ahora
que se están formando. Posteriormente, cuando estén preparados para irse de Computadora Dos,
supongo que agrandarán y espesarán sus vainas, estabilizarán el interior y se dispondrán a flotar,
como un equivalente de las esporas, un millón de años antes de encontrar otro hogar. Podría no ser
tan fácil matarlos en ese momento.
¾¿Cómo vas a matarlos?
¾Ya lo he hecho. Sólo toqué al primero, que buscaba instintivamente metal para iniciar la
producción de una nueva vaina, ya que yo había roto la primera al abrirla, y ese toque lo mató. No
toqué al segundo, pero di una patada a la pared en sus cercanías y la vibración del metal convirtió
sus entrañas en polvo metálico. Así que no podrán hacer nada, ni a nosotros ni a lo que queda de la
computadora, si hacemos que vibren..., ¡ahora mismo!
Joe no tenía más que explicar, aunque ya se había explicado demasiado, ¿no? Se puso los guantes
poco a poco y golpeó la pared con una mano. Salió despedido y soltó una patada en cuanto volvió a
aproximarse al muro.
¾¡Haz lo mismo! ¾gritó.
Lo intenté, y durante un rato no descansamos. No saben lo difícil que es golpear una pared en
gravedad cero; al menos hacerlo adrede y con la suficiente fuerza para que vibre. Unas veces
acertábamos, otras no, o simplemente lográbamos un golpe de refilón que nos despedía dando
vueltas pero que apenas producía sonido. En seguida nos encontramos jadeando por el cansancio y la
irritación.
Pero nos habíamos aclimatado (al menos yo), y las náuseas no volvieron. Volvimos a la tarea y
finalmente recogimos más virus. En todos los casos no había más que polvo en el interior. Era
evidente que estaban adaptados a objetos espaciales vacíos y automáticos, que, como las modernas
computadoras, carecían de vibración. Eso es lo que posibilitaba, supongo, el desarrollar las
estructuras metálicas, sumamente raquíticas en su composición, que poseían la suficiente inestabilidad
para producir las propiedades de la vida simple.
¾¿Crees que hemos acabado con todos? ¾pregunté.
¾¿Cómo puedo saberlo? Con uno solo que quede, éste devorará al resto en busca de metal y todo
empezará de nuevo. Demos golpes un rato más.
Lo hicimos hasta que el cansancio hizo que nos desentendiéramos del problema de si quedaba o
no alguno con vida.
¾No hay duda que la Asociación Planetaria para el Avance de la Ciencia no quedará muy
complacida al saber que los hemos matado a todos ¾dije, jadeante.
La sugerencia que hizo Joe respecto a lo que la APAC podía hacer consigo misma fue enérgica,
aunque nada práctica.
¾Mira ¾dijo¾, nuestra misión es salvar Computadora Dos, unos cuantos miles de vidas y, tal
como han ido las cosas, salvar también las nuestras. Ahora que decidan si quieren renovar esta
computadora o construirla desde el principio. Es su bebé.
»La APAC sacará lo que pueda de estos objetos muertos, y eso ya es algo. Si quieren virus vivos,
sospecho que los encontrarán flotando por esta zona.
¾Muy bien. Mi sugerencia es que digamos a Computadora Central que haremos unos cuantos
remiendos en esta computadora y que la obligaremos a que funcione hasta cierto punto, y que
nosotros estaremos ahí hasta que llegue un equipo de reparaciones más importante, o lo que
corresponda, para evitar otra infección. Mientras tanto, será mejor que vayan al resto de las
computadoras y monten un sistema que las haga vibrar mucho en cuanto la atmósfera interna revele
una caída de presión.
¾Muy sencillo ¾dijo irónicamente Joe.
¾Es una suerte que los encontráramos a tiempo.
¾Espera un momento ¾dijo Joe, y de pronto su expresión era de suma gravedad¾. Nosotros no
los encontramos. Ellos nos encontraron a nosotros. Si la vida metálica ha evolucionado, ¿crees que
es probable que esta sea su única forma?
»¿Y si estas formas de vida se comunican de algún modo y, en la inmensidad del espacio, otras se
hallan ahora a punto de converger sobre nosotros en busca del botín? Y también otras especies.
Todas ellas detrás del sabroso forraje de una cultura espacial todavía intacta. ¡Otras especies! Otras
más vigorosas que soporten la vibración. Otras de mayor tamaño que sean más versátiles en sus
reacciones ante el peligro. Otras que estén equipadas para invadir nuestras colonias en órbita. Otras,
por el amor de Univac, que sean capaces de invadir la Tierra en busca de los metales de sus
ciudades.
»Lo que voy a informar, lo que debo informar, ¡es que nos han localizado!
F I N


pd: Por alguna razon los -, se volvieron un 3/4 ignoren eso
[img]http://img226.imageshack.us/img226/8274/ranmafinaloc1.gif[/img]



[b]Ser inteligente no es saber mucho es utilizar bien lo poco que sabes
[/b]
[url=http://heyarnoldlajungla.blogspot.com/2010/10/presentacion-del-proyecto.html][b]HEY ARNOLD: LA JUNGLA[/b][/url]

fullmaniacodeacero
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Re: ¡localizados!

Mensaje por fullmaniacodeacero el Lun Nov 08, 2010 05:01
Un cuento que no había leído, muy buena la analogía de los vírus, nadie sabe si son seres vivos a solo son minerales que viven en un medio ambiente adecuado.
Pueden pasar de un estado a otro si la situción es adecuada o adversa...Algunos consideran a los vírus como el primer eslabón de vida del planeta...Uno de los grandes misterios de la ciencia moderna. :mc-surprise:
P.D.¿de qué libro lo sacaste?
Image


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¿¿¿Cansado de no tener firma??? Entra aquí y aprende a usar el Photoshop!!![/b][/color]
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