[One Shots] Monogatari - Tres Historias de Fantasía
EL CORAZÓN DE LA ESPADA - El nacimiento de un caballero verdadero en el calor de la batalla.
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Retiré mi espada ensangrentada de su pecho. Se desplomó enseguida, una carcasa vacía, libre de los sufrimientos del alma. Miré la hoja por unos instantes: el brillo del sol contrastaba con la sangre espesa que escurría lentamente por ella. Pensé en los vestidos de seda roja de mi madre. Otro se acercó por detrás. Giré con rapidez y un tajo veloz desprendió su cabeza de sus hombros. Su cuerpo cayó frente a mí, mientras su cráneo flotaba. Finalmente halló reposo, unos pasos más allá. El líquido rojo que escurrió de él, alimentó la tierra sedienta bajo mis pies. Mi espíritu lloraba.
La feroz batalla seguía su curso. A mi alrededor, multitud de hombres se enfrentaban. El choque del acero desprendió chispas heladas ante mis ojos. Eché a correr y con un grito proseguí el combate. Mi espada fue a chocar con un escudo centelleante. Sobre él se recortaba la imagen de un león dorado en un campo verde. Un rival verdadero. Un caballero. Sentí un cosquilleo en el estomago. Hasta ahora no había hecho más que enfrentar a soldados comunes, carentes del entrenamiento adecuado. Esto era diferente. Retrocedí un poco. Nos miramos unos segundos, expectantes; nuestras armaduras brillando en tonos rojizos mientras el día llegaba a su final.
Cargué entonces contra él. Nuestras espadas y escudos se mezclaron en una danza fúnebre. El chirrido del acero nos envolvió. Era muy fuerte. Cada uno de sus golpes hacia temblar mis brazos. Había tenido razón. Era un contrincante formidable. Mientras la pelea continuaba supe que vencerlo era prácticamente imposible. Recordé nuevamente a mi madre. Antes de partir a esta batalla, me dijo que aún no estaba preparado. No la escuché. Mi único pensamiento era conseguir gloria en el combate. Mi padre lo hizo así. Y su padre. Y el padre de su padre. Todos murieron en la guerra.
Mientras mi fuerza se desvanecía por los embates del caballero del león dorado, me di cuenta que era parte de un ciclo inacabable. Peleaba para ser como mi padre. Para tener un nombre glorioso como él. Para que se sintiera orgulloso de mí, dondequiera que estuviese. Mi progenitor luchó por la misma razón. Mis otros antepasados también. La gloria de mi espada era la de un asesino. La muerte, propia o de otros, era la herencia de la familia. Matar o morir. A eso se reducía mi destino.
Mi escudo voló tras un fuerte golpe del caballero rival. Todo había terminado. Entonces en un soplo de luz, comprendí. El arma que sostenía en mi mano era un instrumento de muerte pero también de vida. Un verdadero caballero levanta su espada sólo para proteger. Mi madre me enseño esas palabras. Las entendí al fin. Dos corazones latieron entonces al unísono. El mío y el de la espada. Con un sólo movimiento, el escudo con la imagen del león se alejó de la mano de su dueño. El círculo se había roto. Era libre del legado de mi estirpe.
Ataqué nuevamente. Dos aceros afilados chocaron con un sonido sordo. Mi contendiente y yo permanecimos inmóviles, nuestras armas oponiéndose frente a nosotros. Ninguno de los dos cedía. El sol ya se ocultaba en el horizonte. Sin embargo, el corazón de la espada estaba conmigo. Los músculos de todo mi cuerpo se tensaron. Con un raudo movimiento hacia atrás me separé del enemigo. Perdió el equilibrio por un segundo. Fue su perdición. Un golpe ascendente lo impactó. Su espada aterrizó cantarina a varios metros de donde nos hallábamos. Él se desplomó frente a mí. Su pecho continuó latiendo. Sobreviviría. Enfundé. La noche me circundó tímidamente, fresca y pura. Noté que la batalla estaba concluyendo. No me interesó que bando era el ganador. Me alejé de aquél lugar, bañado por las sombras. Nunca volví a ser el mismo. Los dos corazones que latían juntos eran los de un caballero verdadero.
REUNIÓN CELESTIAL - ¿Qué pasaría si los dioses de los diversos panteones se encontraran reunidos en un sólo lugar?
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Osiris llegó tarde como acostumbraba. Esta vez la excusa era que, luego de ser desmembrado como era tradición, uno de sus brazos fue tragado por un cocodrilo. Según él, había pasado los últimos quinientos años abriendo los estómagos de incontables docenas de estos reptiles, hasta que por fin lo encontró. Los demás dioses, acostumbrados a sus historias de desmembramientos y órganos extraviados no dijeron nada. Con su llegada, la “Cumbre Suprema de los Dioses” numero tres millones y siete, celebrada esta vez en el palacio dorado de la paradisíaca ciudad oculta de Lemuria, ya podía comenzar. Esta vez se tratarían temas importantes como la paz del mundo, la salvación de los hombres y la erradicación de los males que hasta entonces agobiaban a la tierra.
Los dioses entraron al palacio. Todos se dirigieron a tomar asiento en el consejo divino, una mesa ovalada rodeada de tronos situada en la estancia principal. Antes de que pudieran sentarse a deliberar, comenzó una de las ya clásicas peleas por los lugares: Zeus y Thor discutían acaloradamente sobre cual de ellos debía sentarse en el sitial destinado al supremo dios del rayo. Como siempre en estos casos, el asunto degeneró en una pelea de proporciones celestes. Esta vez fueron rayos y descargas los que surcaban el lugar. Otras veces se había tratado de maremotos, flechas, fuego o incluso, si Osiris llegaba a tomar parte en la pelea, brazos ensangrentados.
Los dioses menores buscaron refugio inmediatamente. Eran demasiado débiles para resistir uno de aquellos rayos. Los arranques de cólera de los dioses supremos siempre terminaban por acabar con un par de ellos. Esta vez no fue la excepción. Mientras huía a esconderse, Pastelium, dios protector de los pasteleros en la ciudad de Florencia, fue freído por un relámpago. Ese día los pasteles de la ciudad italiana se volvieron amargos. Lejos de apaciguar el conflicto, este accidente lo intensificó: Pastelium era primo tercero de la madre del abuelo de un tío segundo de Susanoo, el dios japonés de las tempestades.
Queriendo vengar la afrenta a su familia, éste se unió a la pelea. Sin embargo, estaba completamente ebrio, luego de haber bebido en compañía de Dionisio. Esto ocasionó que con su katana mágica, Kusanagi, cortara accidentalmente las barbas de Marduk, el supremo dios solar babilónico. Lo que siguió fue una reacción en cadena: Marduk quemó por error a Tlaloc, éste provocó un Maremoto que golpeó a Vishnu, Astarté y Shen Nong. Pronto, incluso las piernas de Osiris cruzaban el recinto, golpeando la cabeza de algún dios distraído.
Luego de 247 años, incluso los dioses de la guerra se cansaron de pelear. Todos deseaban regresar a sus hogares. El palacio dorado quedó en ruinas, como ya había ocurrido con otras construcciones tres millones y seis veces antes. Otra cumbre suprema fracasó. Varios dioses menores estaban heridos o reducidos a polvo. Fue necesario repartir entre los presentes las funciones vacantes: Huitzilopochtli fue nombrado nuevo dios de los pasteleros florentinos; Odin se convirtió en protector de los domadores de elefantes en Bangladesh; Atenea en patrona de los fuegos artificiales de Hong Kong.
Una vez establecidas las nuevas funciones, los dioses decidieron retirarse. Se fijó una nueva cumbre a celebrarse en 200 años. Estaban seguros que los temas pendientes serían resueltos por fin en ella. Los diversos panteones comenzaron a retirarse. Al final sólo los dioses egipcios se quedaron. Se dedicaban a remover con premura los escombros del palacio. Osiris había perdido una de de sus piernas.
KALAIS, LA CIUDAD FLOTANTE - Un aventurero emprende un viaje fantástico para encontrar una antigua ciudad que vaga por los cielos.
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La leyenda de la ciudad flotante de Kalais, era una historia muy extendida en todo el continente de Lin: Muchas personas aseguraban haberla visto en un día despejado, surcando el cielo velozmente con un destino desconocido. Kalais, según decían las historias antiguas, había sido la capital de Ardana, el mítico reino de los magos blancos, protectores de Lin y de todos sus habitantes. La leyenda contaba que durante la batalla final que sostuvo Ardana con el reino oscuro de Kran y donde ambos fueron destruidos, el patriarca y rey del primero, Kalafred, realizó un poderoso hechizo para salvar a Kalais de la destrucción. Por obra de este encantamiento la ciudad se elevó entonces por los cielos y comenzó su viaje eterno, sin detenerse jamás.
He de decir, que yo consideraba toda la leyenda sólo un cuento de niños, una fábula maravillosa para divertir a la gente, ya que me resultaba imposible de creer que una ciudad completa fuera capaz de volar por los cielos y más aún, si se trataba de la capital de un reino que probablemente nunca existió. Por esta razón no es de extrañar mi sorpresa cuando llegó hasta mí una propuesta de Akab, líder de la orden de Serek, una secta de magos del caos, para realizar un trabajo que se trataba nada menos que de encontrar Kalais.
Un emisario del mago, un joven de nariz aguileña y gesto adusto, completamente vestido de negro, me había contactado en “El Grifo Negro”, la taberna de mi propiedad en la que usualmente negociaba este tipo de propuestas, entregándome una bolsa llena de piedras preciosas y un pergamino con el sello de la orden. El documento estaba firmado por Akab y me prometía riquezas inimaginables si lograba encontrar Kalais y en especial obtener en ella una gema misteriosa llamada “Alma de Estrella”, de la cual yo nunca había oído mencionar palabra.
Al principio y a pesar de mi sorpresa inicial, todo el asunto me pareció una broma, hasta que el joven mensajero de la orden extrajo de entre sus ropas un cristal atado a una pequeña cadena de plata.
-Recientemente llegó a nuestro poder –dijo con fría voz-. Según el maestro Akab se trata del Cristal de Ankla, la piedra mística del legendario rey Kalafred que se dice es capaz de localizar Kalais, con ella su búsqueda sin duda será más sencilla –luego de decir esto el joven extendió el brazo, colocando el cristal a mi alcance.
Sobra decir que tomé el cristal, aceptando por tanto la misión. Me sentía sumamente intrigado por las posibilidades que ofrecía el encontrar una ciudad legendaria. Para un cazador de tesoros como yo era una oportunidad de las que sólo se presentan una vez en la vida. Luego de aceptar el joven me dio un mapa, el cual, me explicó, señalaba el lugar donde debería entregar el “Alma de Estrella” a Akab y donde recibiría mi recompensa. Tras esto se retiró apresuradamente de la taberna, era obvio que no le agradaba el lugar en lo más mínimo.
Quedé solo, meditabundo. No obstante haber aceptado el trabajo, sabía que algo no andaba bien pues a pesar de que yo era reconocido como un poderoso mago elemental y un efectivo cazador de tesoros, así como también como un mercenario ocasional altamente confiable, me era más que obvio que una poderosa orden de hechiceros del caos, maestra en el manejo de energías negativas y destructivas, como lo era la de Serek, no necesitaba en realidad de mis servicios. Prácticamente podía oler problemas en mi futuro.
A pesar de mis sospechas referentes a la orden de Serek, emprendí mi viaje en busca de Kalais al día siguiente. Aún no amanecía cuando abandoné “El Grifo Negro” en dirección al norte, a la región montañosa de Pira, el hogar de los Shaoban, los jinetes de aves. Si realmente quería encontrar la ciudad legendaria era obvio que necesitaría algún medio para volar por los cielos y una de las grandes monturas emplumadas de los jinetes Shaoban era justo lo que necesitaba.
El viaje a Pira resultó tranquilo, sin incidentes dignos de mención. Cuando llegué por fin a la región y logré hacer contacto con los Shaoban, me resultó obvio que no tenían intención alguna de compartir sus grandes aves amaestradas, eran sin duda un pueblo sumamente desconfiado de los extraños. Sin embargo eran también un pueblo sin capacidades mágicas y con una gran ignorancia en materia de hechicería, por lo que me bastó invocar a un par de espíritus terrestres, que provocaron un pequeño terremoto en la zona, para hacer que los estupefactos Shaoban me regalaran “amablemente” una de sus aves, Bóreas, un pájaro del paraíso, de plumaje multicolor, pico pequeño como el de una paloma, poderosas garras afiladas y unos ojos pequeños y oscuros.
No me tomó mucho tiempo dominar al animal, en mis correrías de antaño había volado sobre grifos, pegasos e incluso pequeños dragones por lo que aprender a volar al ave no fue cosa tan difícil. En poco tiempo me alejaba de Pira a vuelo veloz para evitar cualquier tipo de represalia por parte de los Shaoban. Cuando estuve a una distancia prudente de aquella región decidí comenzar sin perdida de tiempo con la búsqueda de Kalais, pues sentía una extraña urgencia por encontrarla, como si algo en ella me llamara con apremio.
Extraje entonces de entre mis ropas el Cristal de Ankla, el cual para mi sorpresa brillaba tenuemente, parecía como si reaccionara a mi deseo de encontrar Kalais. El brillo continuó aumentando rápidamente hasta que de pronto un rayo de luz azulada surgió del cristal, surcando el cielo con una dirección desconocida. La luz había formado un camino celeste, un haz luminoso que se extendía por kilómetros y que seguramente me llevaría a la ciudad flotante. Así, sin perdida de tiempo emprendí el camino, siguiendo el rayo de luz que emanaba del cristal, a través del firmamento.
Seguí la luz azulada durante varios días, sólo deteniéndome para descansar y comer, al fin, al amanecer del octavo día, divisé una gran mancha oscura en el horizonte. Entusiasmado por lo que podría ser Kalais, hice que Bóreas incrementara su velocidad, a medida que me acercaba a la mancha, ésta comenzó a tomar una clara forma, se trataba sin duda de una ciudad flotante, cuyas altas torres relucían en el sol del amanecer. Mientras me acercaba a ella no podía dar crédito a lo que veían mis ojos, Kalais existía y además era una ciudad magnifica: todas las construcciones parecían hechas de cristal, el cual reflejaba la luz del sol en multitud de colores y tonalidades, además parecía únicamente haber en ella grandes torres y magníficos palacios, no se veía en ningún lugar signos de pobreza o deterioro, todo era resplandeciente, perfecto en todo aspecto. Sin embargo, a pesar de lo anterior, un silencio profundo invadía todo el lugar y no había el más mínimo rastro de vida en toda la ciudad.
Hice que Bóreas descendiera en lo que parecía ser la plaza central de la ciudad, mi corazón latía fuertemente debido a la emoción, era el primer hombre en pisar Kalais en siglos, quizá milenios. Sin embargo, ni bien hube dado un par de pasos sobre la ciudad, toda ella comenzó a temblar terrible y abruptamente y, ante mi gran sorpresa, una multitud de Valcryers, demonios devoradores de almas con cuerpos descompuestos y desfigurados y con terribles ojos en los que se reflejaba el vacío infernal aparecieron frente a mí. La ciudad entera se cubrió entonces de oscuridad, las torres y palacios aparecieron ante mis ojos destruidos y envueltos en llamas y el ambiente se llenó de aullidos y lamentaciones. Obviamente había caído en una trampa.
Tan pronto me vieron los demonios, que eran alrededor de veinte, se abalanzaron sobre mí, Bóreas, asustado, emprendió rápidamente el vuelo dejándome completamente solo. Los Valcryers no son bestias que deban tomarse a la ligera, por lo que realicé con premura mi hechizo más poderoso, el único capaz de acabar con demonios tan fuertes.
-¡Supremo elemental de la luz! –grité al tiempo que levantaba los brazos en dirección al cielo-. ¡Yo invoco tu gran poder, reluciente Harmakhis!
Instantes después de decir esto, una luz deslumbrante cayó del cielo y cubrió Kalais, al tiempo que el supremo Harmakhis respondía a mi llamado. Cuando la luz se disipó, los Valcryers habían desaparecido y extrañamente la ciudad lucía igual que como yo la había visto al principio, reluciente e inmaculada. Yo estaba agotado debido al hechizo que acababa de realizar y sabía muy bien que no podría enfrentarme a los demonios si aparecían de nuevo.
Yo no me preocuparía más por los Valcryers –dijo de súbito una voz grave detrás de mí.
Giré con rapidez, preparado a entregar cara mi vida. Para mi alivio la voz no provenía de un demonio, sino de un hombre viejo, de ojos grises y rostro magnánimo que estaba completamente vestido de blanco, a pesar de ello me mantuve en guardia pues no sabía cuales eran sus intenciones.
-No debes temerme Kyle Valeris –me dijo el hombre como si pudiera leer mi mente-. Mi nombre es Kalafred, último rey de Ardana, no temas más, fuiste puesto a prueba por los espíritus protectores de Kalais y resultaste digno.
-¿Digno? –pregunté sin tener ninguna idea de lo que estaba ocurriendo.
Kalafred no respondió y señaló detrás de mí: para mi sorpresa allí se hallaba Bóreas, quien en su pico sostenía un objeto brillante. Sin comprender lo que pasaba volteé nuevamente al lugar donde se encontraba Kalafred pero éste se había desvanecido en el aire. Sin saber que más hacer, me acerqué a mi ave y tomé lo que sostenía en el pico, una rara gema que irradiaba un gran poder.
-Haz sido honrado con el Alma de Estrella –la voz de Kalafred resonó entonces en toda la ciudad como un eco distante y difuso-. Su poder pronto será necesario para proteger una vez más Lin, hasta entonces confiamos que estará a salvo con aquél que es protegido por el supremo Harmakhis.
La ciudad comenzó entonces a desvanecerse bajo mis pies, sin perdida de tiempo subí a Bóreas y emprendí el vuelo sin mirar atrás. Entendí entonces por que Akab había requerido mis servicios: de entre tantos cazadores de tesoros como había, sólo yo podía acceder a los poderes de Harmakhis, al ser el espíritu protector de mi clan, los Valeris. Miré al sur, donde se encontraba el punto señalado en el mapa de Akab y reí divertido mientras hacia que Bóreas tomará una ruta hacia el norte: el hechicero negro nunca tendría el Alma de Estrella pues era obvio que planeaba algo maligno. Desde ese momento deje ser Kyle Valeris, un simple cazador de tesoros, para convertirme en Kyle Valeris, guardián de Lin.
Ultima edición por Sanjuro el Dom Mar 23, 2008 5:21 pm, editado 4 veces




