[One-shot] Guerrero
Mi relato más corto, sin duda alguna. Espero que os guste.
Spoiler:
Guerrero
El peso del acero en sus hombros ya era algo normal para él. Hijo de un granjero sin apellidos, vio su infancia destrozada por una guerra que no era la suya. Poco a poco, el fuego en los campos se convirtió en una visión habitual, así como la de su padre empuñando el rastrillo como arma.
Ahora habían pasado los años y ya no era el hijo de un granjero. El tiempo y los viajes habían tostado su piel y ensanchado sus hombros. La armadura, vieja y mellada, había soportado muchos golpes. Algunos habrían sido mortales de no ser por ella.
El camino estaba desierto, pero sabía que pronto se encontraría con alguien. El mensaje había sido claro; la intención, reveladora. Durante la noche, en el viejo árbol, donde había ocurrido todo hacía tanto tiempo. Zanjarían el asunto de una vez por todas.
La luna brillaba y arrancaba destellos al metal de su espada. Era una espada grande, que podía ser empuñada a una o a dos manos. Su propósito no era tanto el de cortar como el de aplastar… y muchos habían caído bajo ella. Sin embargo, también había sido apartada en ocasiones. El guerrero había sufrido muchas derrotas, pero ninguna de ellas le había traído la muerte. ¿Habilidad? ¿Suerte? ¿Destino? No lo sabía. Ni quería averiguarlo.
La empuñadura no tenía ningún detalle, y el mango era de simple cuero endurecido por el uso. Marcadas en él estaban las huellas de la mano del guerrero. Aquél detalle era el que hacía especial al arma: no era cualquier espada, era su espada. Tenía su mano marcada. Nadie más podría usarla como él.
Una nube cubrió la luna y apagó la luz en el momento en que entró al vado donde estaba el viejo árbol. Ahí pudo ver, alto como una montaña, a su rival. Una armadura tan antigua y mellada como la suya en su cuerpo. Una espada más corta y ligera en su cinto. Un porte más noble y piel menos tostada.
Ambos se sostuvieron la mirada unos segundos. El guerrero no pudo dejar de apreciar, de atesorar, aquellos últimos momentos. Si de algo estaba seguro era de que nada volvería a ser igual tras aquello.
Quizá moriría aquella noche. El guerrero no se sentía incómodo ante la idea. Ya había vivido suficiente. Y ni siquiera había sido una buena vida.
Su único mérito había sido permanecer vivo. Había dejado incendiar su granja, se había separado de su familia y había tenido que luchar cada maldito día. Sin ningún tipo de recompensa por ello. Lo único que quedaba ahora era el vívido recuerdo de sentir los huesos romperse bajo sus manos… y los gritos en sus pesadillas. Los rostros de todas y cada una de las personas que había matado se aparecían noche tras noche, y él las observaba. No desfallecía, ningún rastro de flaqueza asolaba su mente o su cuerpo a pesar de la sempiterna tortura.
Eligió ser guerrero, y supo lo que estaba haciendo. Pagar las consecuencias era lo mínimo que podía hacer. No podría ser feliz, pero a cambio viviría. No era un buen trato.
La luna volvió a brillar al despejarse de nuevo el cielo. Bajo el árbol, su rival desenvainó la espada.
El guerrero no hizo ningún gesto. Aquel hombre era lo más parecido a un amigo que había tenido jamás. Y siempre habían intentado matarse el uno al otro. Sus enfrentamientos se habían sucedido siempre, uno tras otro. Nunca habían podido acabar ninguno. Tras los tres primeros encuentros, ambos encontraron a la única mujer que pudieron considerar observar bajo una luz mínimamente romántica. Pelearon por ella bajo aquel mismo árbol, y al final aquella tarde no trajo nada consigo, excepto más dolor y una cara nueva que observar en sus sueños. El rostro de una mujer.
Le odiaba. Oh, sí, el guerrero odiaba al hombre que tenía delante. Pero a excepción de la mujer ya muerta, esa era la única emoción que una persona viva podía hacerle sentir. La indiferencia más absoluta lo llenaba cada vez que miraba a otro ser vivo: sólo la muerte revolvía su estómago. Quizá por eso era un guerrero. La muerte era su compañera, siempre lo había sido.
Toda una vida marcada por la lucha, por gestos que no valían nada. Rostros en la noche y el peso del acero en los hombros: en eso consistía la existencia del guerrero. En eso y en el hombre bajo el árbol. Siempre oponiéndose, siempre expectante. Nunca derrotado, jamás vencedor. Una enemistad con años de duración.
El guerrero levantó su espada. La cogió con ambas manos y apretó con fuerza la empuñadura. Las marcas de sus dedos se acomodaron perfectamente a él, como habían hecho tantas veces antes. Como un relámpago, una idea fugaz pasó por su cabeza. Ni siquiera sabía el nombre de aquella persona que tenía delante.
Movió la cabeza y apartó el pensamiento de su mente. Frente a él, el hombre bajo el árbol, su rival en la vida y en el amor, blandió su espada y se lanzó en su dirección.
Con un aullido animal, el guerrero le imitó.
Aquella noche, una vida más fue arrebatada. La sangre tiñó el suelo.
Y no hubo recompensa alguna. Tan sólo una existencia más vacía si cabe.
El peso del acero en sus hombros ya era algo normal para él. Hijo de un granjero sin apellidos, vio su infancia destrozada por una guerra que no era la suya. Poco a poco, el fuego en los campos se convirtió en una visión habitual, así como la de su padre empuñando el rastrillo como arma.
Ahora habían pasado los años y ya no era el hijo de un granjero. El tiempo y los viajes habían tostado su piel y ensanchado sus hombros. La armadura, vieja y mellada, había soportado muchos golpes. Algunos habrían sido mortales de no ser por ella.
El camino estaba desierto, pero sabía que pronto se encontraría con alguien. El mensaje había sido claro; la intención, reveladora. Durante la noche, en el viejo árbol, donde había ocurrido todo hacía tanto tiempo. Zanjarían el asunto de una vez por todas.
La luna brillaba y arrancaba destellos al metal de su espada. Era una espada grande, que podía ser empuñada a una o a dos manos. Su propósito no era tanto el de cortar como el de aplastar… y muchos habían caído bajo ella. Sin embargo, también había sido apartada en ocasiones. El guerrero había sufrido muchas derrotas, pero ninguna de ellas le había traído la muerte. ¿Habilidad? ¿Suerte? ¿Destino? No lo sabía. Ni quería averiguarlo.
La empuñadura no tenía ningún detalle, y el mango era de simple cuero endurecido por el uso. Marcadas en él estaban las huellas de la mano del guerrero. Aquél detalle era el que hacía especial al arma: no era cualquier espada, era su espada. Tenía su mano marcada. Nadie más podría usarla como él.
Una nube cubrió la luna y apagó la luz en el momento en que entró al vado donde estaba el viejo árbol. Ahí pudo ver, alto como una montaña, a su rival. Una armadura tan antigua y mellada como la suya en su cuerpo. Una espada más corta y ligera en su cinto. Un porte más noble y piel menos tostada.
Ambos se sostuvieron la mirada unos segundos. El guerrero no pudo dejar de apreciar, de atesorar, aquellos últimos momentos. Si de algo estaba seguro era de que nada volvería a ser igual tras aquello.
Quizá moriría aquella noche. El guerrero no se sentía incómodo ante la idea. Ya había vivido suficiente. Y ni siquiera había sido una buena vida.
Su único mérito había sido permanecer vivo. Había dejado incendiar su granja, se había separado de su familia y había tenido que luchar cada maldito día. Sin ningún tipo de recompensa por ello. Lo único que quedaba ahora era el vívido recuerdo de sentir los huesos romperse bajo sus manos… y los gritos en sus pesadillas. Los rostros de todas y cada una de las personas que había matado se aparecían noche tras noche, y él las observaba. No desfallecía, ningún rastro de flaqueza asolaba su mente o su cuerpo a pesar de la sempiterna tortura.
Eligió ser guerrero, y supo lo que estaba haciendo. Pagar las consecuencias era lo mínimo que podía hacer. No podría ser feliz, pero a cambio viviría. No era un buen trato.
La luna volvió a brillar al despejarse de nuevo el cielo. Bajo el árbol, su rival desenvainó la espada.
El guerrero no hizo ningún gesto. Aquel hombre era lo más parecido a un amigo que había tenido jamás. Y siempre habían intentado matarse el uno al otro. Sus enfrentamientos se habían sucedido siempre, uno tras otro. Nunca habían podido acabar ninguno. Tras los tres primeros encuentros, ambos encontraron a la única mujer que pudieron considerar observar bajo una luz mínimamente romántica. Pelearon por ella bajo aquel mismo árbol, y al final aquella tarde no trajo nada consigo, excepto más dolor y una cara nueva que observar en sus sueños. El rostro de una mujer.
Le odiaba. Oh, sí, el guerrero odiaba al hombre que tenía delante. Pero a excepción de la mujer ya muerta, esa era la única emoción que una persona viva podía hacerle sentir. La indiferencia más absoluta lo llenaba cada vez que miraba a otro ser vivo: sólo la muerte revolvía su estómago. Quizá por eso era un guerrero. La muerte era su compañera, siempre lo había sido.
Toda una vida marcada por la lucha, por gestos que no valían nada. Rostros en la noche y el peso del acero en los hombros: en eso consistía la existencia del guerrero. En eso y en el hombre bajo el árbol. Siempre oponiéndose, siempre expectante. Nunca derrotado, jamás vencedor. Una enemistad con años de duración.
El guerrero levantó su espada. La cogió con ambas manos y apretó con fuerza la empuñadura. Las marcas de sus dedos se acomodaron perfectamente a él, como habían hecho tantas veces antes. Como un relámpago, una idea fugaz pasó por su cabeza. Ni siquiera sabía el nombre de aquella persona que tenía delante.
Movió la cabeza y apartó el pensamiento de su mente. Frente a él, el hombre bajo el árbol, su rival en la vida y en el amor, blandió su espada y se lanzó en su dirección.
Con un aullido animal, el guerrero le imitó.
Aquella noche, una vida más fue arrebatada. La sangre tiñó el suelo.
Y no hubo recompensa alguna. Tan sólo una existencia más vacía si cabe.
Se aceptan todo tipo de críticas y comentarios.
Mis fics:
Vientos de conquista - Alice Human Sacrifice - Blanco - Tiempo y Dimensiones - El cantar del Maldito - ¿Dónde está la mariposa?
Inmortalover - ¿Quién pintaría los labios a un cadáver? - Las memorias de Ankair - La chica de la curva - Psychosocial - Guerrero - Las oficinas de Haruhi Suzumiya - El funeral - Darker than Black ~ el juego de rol - Cuentos de hadas - La noche de Tiz - Un fuego encendido para ella - Carta escrita a mil bastardos
Concursos ganados:
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