[One-Shot] Beso Tóxico
Está inspirado en Toxicity de SOAD, como la canción era una especie de crítica social, el resultado del relato es netamente similar... Sin embargo, tiene diferentes tintes(no es una transcripción de la canción, a eso me refiero)...Y Bah, léanlo xD
Si quieren oír la canción antes, aquí está Toxicity
Beso Tóxico
Spoiler:
El líquido espeso y verdoso recorrió todos los rincones de la fábrica para llegar finalmente a su cauce: un río artificial. Río por el cual converge toda la mierda de la sociedad, donde se asientan las bases más profundas y oscuras que se conocen, pero todo esto es una pista que tiene sin cuidado a todos. El ácido intrínseco de este líquido elimina todas las pruebas, todo intento que atente contra el gobierno. El inflado y gonorreico gobierno.
Una rata resbala en su búsqueda de comida en lo que sería el torrente principal. Su pata sufre quemaduras de primer grado en un principio, en cuanto traga un poco de esa agua, una neuro-toxina infecta al animal, dejándolo inmóvil en su sufrimiento. No dura mucho, de todas formas.
El orgulloso trabajador de una de las empresas más importantes del país decidió darse un paseo por las calles. Sentirse a gusto con un ambiente que hace más de tres décadas que dejó de ser el mismo, pero él era muy joven, ¿qué va a estar recordando? Más importante era el nuevo héroe de televisión y sus juguetes, por su puesto. Su reloj, una de las prendas más caras que lleva, marca las doce menos cuarto.
Un vagabundo se acerca a nuestro sujeto, su piel corronchosa y llena de úlceras le da un aspecto poco menos que humano. El príncipe teme mancharse y le da una patada en las costillas. La escoria nunca debe tocar a los seres superiores, ¿me oíste?
—Nunca debes acercarte a uno de mi clase… monstruo…— Susurra con su voz refinada y cuidada, de los altos barrios, de los que no sufren.
Al momento de efectuarse esto, un joven activista de veintidós años lo ve. Se llena de rabia pero decide controlarse. Pierde más el que juega sin pensar.
Entretanto, entre el cielo gris y la polución, una nube tienta con salir. Sucia, asquerosa, voluble.
La niña que jugaba con su hermano menor en los barrios bajos, el inframundo, encuentra a un perro que le pareció adorable desde que lo vio. Ríe tiernamente mientras el perro le ofrece la pata. ¿Es el mejor amigo del hombre, no? El niño corre hacia su hermana, junto al perro. Una ráfaga de viento acaricia sus pómulos rosados, los de ambos. El perro chilla un poco. Una ráfaga de subfusil destrona al viento cantor. Una segunda ráfaga abre una brecha en una casa hecha a base de endebles láminas de aluminio. No había nadie, mas queda severamente dañada. La tercera ráfaga atraviesa el frágil brazo del niño, primero su hombro… luego un poco más arriba, mientras cae, su cuello. El rictus de su cara será inolvidable para la niña. Poco sabe que eso será el dolor más profundo que sentirá, a la edad de seis años; el trauma que marcará su vida. Poco lo sabe.
El alcalde de la ciudad se regocija con un pedazo grasiento de pollo. Habla con el Jefe de la Comisaría. ¿Polvo blanco, éxtasis, heroína?
—Lo quiero todo, joder, Max. ¿No ves que estoy en la puta cima? ¡Es que no lo ves!
El Jefe ríe estentóreamente, el alcalde le devuelve la carcajada. Su mano saca un utensilio con varios botones. Ríe sardónicamente, y ya el Jefe no entiende ni una mierda de lo que sucede. No sabe por qué está ahí. En realidad lo sabe, pero quiere ignorarlo. La mirada de su cómplice se vuelve pérfida. Los ojos de ofidio que no mostró en su campaña política; la sangre fría que se mantuvo caliente por infusiones de bebidas alucinógenas. Teme por su puta vida, es lo menos que se hace en esta ciudad, donde no es el más fuerte el que vive, sino el que tiene más suerte.
—Ya debes saber cómo son las cosas, compadre. No es si tengo el dinero o no, ¡claro que lo tengo! Todo el que quiera, todo con lo que sueña yo lo tengo. Y óigame bien: conmigo usted no negocia. Ningún pelagatos como usted negocia con alguien de mi clase. ¿Me entiende?
Una cresta roja y unas alas graciosamente superpuestas rodean la imagen del Jefe. Tiembla como una gallina, tiene piel de gallina. ¿Qué quiere ser exitoso en esta vida? Ya no más, ahora solo quiere vivir para el próximo día. Su hijo tendrá el regalo que quiera, pues ya gana lo suficiente. Su esposa estará feliz, pero el nuevo carro deportivo no será suyo. ¿Es que acaso importa? Tiene un buen carro. Se convence a sí mismo como pocos psicólogos saben convencer a los demás… y es que somos dos en un mismo cuerpo: nuestros deseos y nuestra conciencia. Apuñalándonos tan fuerte que la endorfina se produce en masa, y nuestros deseos nos llenan de un placer insano.
—Cla..¡Claro que sí!— Dice con su voz quebrada.
—¡Habla como hombre, carajo! Que no te oigo, ¡soplapollas!
El Jefe siente el puño grasiento del alcalde reventar su labio superior. Esto es una broma…, una obra de teatro y tiene que hacer su papel con austeridad.
La nube sigue flotando insidiosa sobre la ciudad, preguntándose qué hacer. ¿Debo estornudar ahorita toda mi fiebre o atormentarlos luego? La madre naturaleza, el ser más malvado del planeta.
El hombre de los altos barrios pasa frente a una relojería de tres pisos. Su marca preferida, se para y observa con minuciosidad los relojes. Frente a él hay un reflejo suyo. Pero él no se da cuenta de eso. A su lado están atracando y violando a una chica, la llevan en peso a un callejón y sus gritos se pierden ante rascacielos que son más los nuevos Obeliscos que edificios. La música entremezclada por la contaminación auditiva es una broma para todos. Sus reproductores musicales les permiten oír los que les dé la gana o nada en absoluto. Pero están violando a una chica y sus ojos azules lloran como nunca. Intenta arrastrarse por el suelo y un golpe, seco, mordaz, le provoca un hematoma en el ojo. Le halan el cabello. Está perdida y lo sabe.
La gran ciudad es un laberinto que se pierde entre miles de personas, todas separadas por vitrinas… Vitrinas que los reflejan a ellos mismos, sus prejuicios, sus miedos: lo que son realmente. Pero ellos solo ven a otras personas representándolos y al hermoso reloj de enfrente. Se lo tiene que comprar…
Suena su celular, lo atiende y dice que ya va llegando. Falta media hora de caminata, pero qué importa. Tiene uno de los mejores sueldos, es un galán… ¿Qué mierda le importa llegar media hora tarde? Si tienen tantas ganas de verlo que se esperen, lo bueno se hace esperar.
Una fila que recorre casi dos cuadras completas es lo primero que se observa al llegar a uno de esos puntos de “Ayuda a la Comunidad”, ahora se ha vuelto una especie de “Salva a la Ciudad”, pero la intención se mantiene. Todos están abatidos, todos se quejan. Todos sufrirán de insolación al menos hasta que sol atentado por la nube negra lo resuelva todo. Al menos que eso suceda.
El médico de jornada está bebiéndose una cerveza. Mira con graciosa sonrisa como sus ayudantes lo hacen todo. Él solo tiene que supervisar, solo eso… por suerte.
Si se desmaya alguien por deshidratación e insolación es su problema. Él no tiene que ver con eso. Cumple su trabajo y que los demás se jodan. Lo mismo piensa su amigo, médico también, aunque no hace nada al respecto.
—Menuda mierda de ciudad— dice el primero.
—No se puede hacer nada, hombre.
—Y los sueldos son una mierda. Mira a esos de allá— dijo señalándolos—, llevan dos horas esperando… Menuda gentuza.
—Pero vamos, que al menos deben hacer algo para sobrevivir…
El pequeño niño, sucio y desnutrido, agarra las píldoras proporcionadas por la linda enfermera. Con ella soñará por lo menos por una semana, cuando vaya por su próxima ración de píldoras. Las que le sustentan la vida, los pocos minerales y vitaminas que le garantizan seguir viviendo. El único motivo por el cual su desvalido cuerpo aún no se da por muerto. Su cabello negruzco cubre la mayor parte de su cabeza. Sus padres no tienen para cortárselo, pero esperen… no es que no tenga padres. Es que están desaparecidos… Se convence de eso. Es la solución a sus problemas. Él no vio como los dos se mataban entre sí. Como gritaban palabras “malas” y se mutilaban con esos bonitos utensilios de cocina. Ah, tiene que sacar al perro cuando llegue a casa… y luego hacer el tonto por ahí. Buscar comida para su perro, fumar, aprender de los adultos. Cosas útiles que se aprenden a la tierna edad de nueve años.
Una píldora cae. Cae de un precipicio que no conoce. Siendo precisos, se escurre de las manos del niño. Siendo incluso más precisos, todo parece detenerse en un hermoso adagio. No hay nada más que la píldora cayendo, precipitándose contra el suelo. Porque es lo que más desea, chocar contra el suelo. Causar el estrépito, derrocar a la tranquilidad ruidosa de la ciudad, hacer que la multitud se vuelva tumulto y que todo se pierda en un mar de brazos, en olas de piernas y odio bramado. Y eso pasó. La píldora cae, el pequeño sonido cautiva por un segundo casi incomprensible al primer hombre de la fila. Este se abalanza sobre ella y una reacción en cadena sucede. El niño corre, ahuyentado por el miedo; pero alguien se da cuenta de eso y va a por él. La humanidad desborda en brutalidad, un hombre se abalanza contra el hombre que va contra el niño y todo se vuelve una revuelta. Entra gente que poco tiene que ver. Una mandíbula dislocada, un ojo morado, dientes rotos, todo forma parte de eso mas nadie se da cuenta. Están muy ocupados golpeándose.
—¡Pero qué mierda sucede!— Gritó el médico déspota, antes de ser empujado de su silla contra el piso. Ya nadie sabe lo que pasa.
El chasquido del martillo del subfusil invade el silencio de la operación. Escuadrón Anti-Camellos, así se llaman y por ridículo que suene su nombre para un niño, no están en contra de la manifestación libre de los camellos de egipcio. Sino en el transporte de droga de estos humanos-camello.
Uno, dos y tres. Adelante. Eso indica las señas del capitán del escuadrón. Una patada termina de abrir la puerta. Sala vacía. Mira a los alrededores, atrás de la puerta. Zona despejada. “Entren”, susurra la seña.
Libros de ocultismo, de teorías conspiratorias, de política, de filosofía, de matemática. Pura basura. Piensa el capitán, lo que importa es el juego de beisbol y dar unos cuantos disparos certeros. Eso es de hombres. Todos los libros están entre el suelo y una pequeña mesa redonda. La levanta de un patada, ¿y si hay droga debajo de ella? Hay que hurgar hasta donde menos se cree. Dos estantes de libros. Marcadores tirados en el suelo, nuevos y recién estrenados. Láminas de cartulina en el bote de basura, arrugadas.
—Esto más parece la ratonera de un bibliotecario, ¿nos habremos equivocado?— Dice el nuevo, es su primera misión.
—Shhh… Nunca sabes lo que puedes encontrar en los escondrijos de los camellos. Nunca, aunque si algo he de decir es que éste es uno excepcional. Una marica de biblioteca.
Una carcajada general estalla.
—No hay nada en ningún puto cuarto… Hemos revisado hasta en la mesa de noche…
El capitán está comiéndose un pan con jamón al momento en el que le dicen eso.
—Está jodidamente bueno, ¿quieres un poco?
—¿No... no se supone que debemos buscar drogas?— Dice el joven.
—¿Y si las esconden en la nevera, pendejo?— Se burla su capitán.
Esta es una de las lecciones de vida más valiosas que aprenderá en su porvenir como miembro de un escuadrón. Probablemente el más valioso: nunca te tomes en serio tu trabajo si no hay un sociópata apuntándote.
Todo se vuelve un relajo rápidamente. Ya trabajarán si son llamados por el Jefe. Ya trabajarán…
Quince minutos antes un sujeto con ropa haraposa salía del apartamento por el ascensor, como acostumbraba a hacer. Traía una pancarta, rígida por una vara, apoyada en su hombro. Giró a la izquierda y miró a la ciudad con rabia. Sus ojos llameaban a vivo fuego, la hoguera estaba recién prendida. La cocaína le revitalizaba luego de dos días sin dormir. Mira al cielo por última vez en el día. Una nube se posa juguetona… hoy hará buen día.
Uno de los vigilantes encargados de la avenida principal (donde está el ayuntamiento), mira con profundo fastidio las cámaras. Nunca sucede nada, todos tienen demasiado miedo, él lo sabe por qué él también teme. No se atreve a decirle a nadie de qué trabaja, pero comparte su miedo. Comparte el miedo que tienen todos de que La Ley Marcial arrase con la ciudad en un abrir y cerrar los ojos. Porque él y sus compañeros de trabajo se encargan de que ocurra eso.
“Emergencia”, le dice el botón en rojo, burlándose de él, de ese ojeroso y escuálido ser.
Sale de la habitación oscura y recuerda una de esas escenas que tratan sobre películas de NEET’s solitarios e introvertidos. Ellos viven en una sala oscura, llenas de monitores, como él. Están encerrados por propia voluntad, claro. Él es cómplice de su encierro, aunque preferiría beberse una cerveza con sus amigos. Abre su puerta y la luz artificial lo invade. Ve manchas y se siente un poco mareado por unos segundos, luego se acostumbra. El largo pasillo conformado por puertas, cada una encargada de observar una zona diferente.
Él sabe que no debe salir a menos que esté en el cambio noche a mañana, pero es una ley que todos conocen y nadie cumple. Si tienes ganas de tomarte un café porque te mueres de sueño, tómatelo. Nadie se dará cuenta porque nunca sucede nada y si te quedas dormido en el trabajo es mucho peor.
El botón de “Emergencia” es tocado por primera vez. Él no es el artífice del crimen. Es el sujeto de al lado, su vecino, que observa con dolor y furia como una bandada de gente hambrienta, del inframundo, lucha por las condenadas píldoras para no tener que comprar comida y poder superarse, ese es el ideal. Ve como se golpean entre sí. Como los locales de las cercanías son saqueados… y su dedo sangra del color rojo que contornea a la palabra “Emergencia”… Y sabe que si esto se extiende demasiado y un montón de llamados de “Emergencia” se vuelven bramidos al unísono, la Ley Marcial acaecerá sobre ellos. Y tiene miedo, y no puede hacer nada. Ya vendió su alma al gobierno por el dinero que le cuesta su subsistencia y un paseo seguro en el “Purgatorio”, como es conocida la zona donde vive la gente de clase media. Al menos no tiene que tragarse esas asquerosas píldoras. Al menos.
A la comisaría le llega el momento de usar su Escuadrón Antidisturbios. Ellos también tienen un poco de miedo, pero se lo toman con parsimonia. Tienen armas, bombas lacrimógenas, bombas somníferas y… bombas incendiarias. El tumulto tiene el pánico y la arbitrariedad que le caracteriza. ¿La improvisación ganará a lo esquematizado? Algunos músicos dirían que sí, para la mala suerte general, esto no es música, es guerra. Y en la guerra el más sano pierde, el más débil perece, y si estás mejor equipado, jodes a quien te plante cara.
Todos se ponen sus uniformes con premura. Están emocionados algunos, otros, más conscientes de la situación dirían algunos, esperan no herir a nadie. Esperan que su subconsciente no les traicione, esperan no volverse unos perros desalmados. Animales regidos puramente por el instinto.
—Qué bonito el lunar en tu trasero, eh, Román—, dice uno de los veteranos al más nuevo.
—Jódete, hijoputa.
—Cuida tus palabras, nena—, le contesta entre risas el veterano.
Y con esa naturalidad se lo toma gran parte del escuadrón. Las cosas tienen que hacerse, y si no se lo tomaran con ese humor, pensar que el tumulto no es más que una plaga de ratones se les haría imposible. Esa es la excusa, bonitamente elaborada. En realidad mientras sus traseros, con lunares o no, salgan sin heridas, todo está bien.
El joven empresario no sabe que está siendo perseguido y preferiría no saberlo. Preferiría no saber lo que le sucederá, y por suerte no lo sabe.
Un grupo de cincuenta personas está siguiendo al joven haraposo. Todos tienen pancartas. Todos están preparados para dar su vida por un propósito que consideran justo.
En pos de una sociedad mejor. En pos de que la mierda deje de ser lo que respiren. En pos de que un alcalde mejor se ocupe de la ciudad. Joder, que un presidente mejor se ocupe de todo. No obstante, todo tiene que seguir un orden. No se puede pretender matar a un gigante con puros tomates. Quizá David si lo podría hacer, pero ellos no. Ellos van primero por uno de los mayordomos de Goliath, y cuando tengan una masa suficiente de gente, se encargarán de este último. Si tienen suerte.
De los edificios va saliendo más gente. Muchos no saben lo que ocurre. Improvisan, salen en pijamas. ¡Quieren participar en esta revolución! Ser los que decidan su futuro, ¡ya no esperarán! Los más ávidos de revolución se enteraron por un bloguero que recobraba cierta familiaridad en el internet. Pero eso no comienza ahí, comienza desde antes. El escritor solo lo explota. Explota cada minúsculo hecho que ocurre. La gente debe despertar.
Varios vigilantes notan la horda… no saben cómo tomarlo. Todavía no se vuelve revuelta. Todavía no saben contra qué protestan… Quieren participar en ello, porque, como dije, viven lo mismo que esa sociedad a la que ellos quemarán si es necesario. Porque a estos vigilantes sí que los vigila un vigilante mayor. Uno que ve cada movimiento que hacen, si cometen o no un error. Si toman un café no importa, por las razones ya explicadas, porque es poco probable que suceda algo grave. Porque la sociedad gregaria tiene pocas razones para sublevarse.
Un pequeño grupo se vuelve lentamente una horda. Van dándose ánimos entre sí. Van levantando a los que se caen, porque el propósito es una sociedad unida. No saben si funcionará, pero es el consuelo. Morir todos juntos, con sus debilidades, con un pequeño miedo que se va extinguiendo mientras ven a otros más seguros (tal vez incluso más temerosos que los primeros).
La nube deja caer sus primeras gotas en las afueras de la ciudad. Verdosas, ácidas e hirientes como una apuñalada. Es el escupitajo que le manda al mundo a la sociedad. La razón por la que se proclama como una especie de Dios. La llovizna no dura mucho y se amaina. Nadie la siente más que carros que se dirigen a la ciudad. Les tiene sin cuidado unas pequeñas gotas verdes.
El disturbio toma parte de la mafia local, pronto pistolas automáticas modificadas escupen ráfagas de treinta y dos balas en pocos segundos. La mayoría falla, pero es divertidísimo tener esa especie de poder entre las multitudes desarmadas. Ya nadie sabe por qué se originó todo, y poco les importa. Se sienten como gladiadores, como guerreros de una clase superior. Se arrancan pedazos de orejas, pedazos de piel. El hermoso lienzo gris que es la ciudad se va volviendo rojo. Y ya no es solo una cuadra la que está siendo destruida, sino dos… o tres, o cuatro.
Los más vivos saquean las tiendas, roban cuanto pueden. Es una oportunidad en un millón, entre miles de millones. Quién sabe… ¿quién sabe?
El alcalde, Nicolas Nsue, está viviéndolo todo de maravilla. Está en su juventud, cuando disfrutaba tiempo de calidad con su hijo. Antes de que se descarrilara… Antes de que se volviera un maldito anarquista. Así lo catalogaba él, ignoraba lo que él opinaba. Se había descarrilado y había matado con sí muchas cosas, mas no lo que sentía su padre por él, respeto… por ser un imbécil, pero tener sus principios claros…y amor, porque era su hijo…y a pesar de ser un pendejo que luchaba por una causa sin razón, no vendió su alma al diablo. Al presidente que tienen por diablo.
Esas son unas de las pocas cosas que recuerda. Muchas cosas vienen de su baúl de la memoria, cosas que ni sucedieron. Cabras voladoras, son rosadas y parecen unicornios. Culebras que se convierten en cable, salen de su teléfono, que tiene una especie de trompa de elefante como auricular. ¿Qué mierda importa la ciudad? En cuanto salga, mejor… Una ocupación menos, más dinero para gastar como le plazca. Él lo va invertir, no hará como esos que salen del poder y se dedican a gastar su dinero y luego están en la calle. Nadie los reconoce, o los reconocen pero por lástima los hacen pasar por desconocidos.
Está en su mundo de ensueño hasta que ocurre un terremoto. La puerta de su despacho se abre y su asesor lo ve “colocado”, ya lo ha visto así. No es cosa nueva… no es como si necesitara la mitad de su cerebro para dar una orden. Y, sin embargo, eso no le quita lo aterrador a acatar las órdenes de alguien en ese estado.
—Hay una emergencia, señor… Un tumulto se extien…
—¡LEY MARCIAL! Que se los joda un burro, a todos esos pendejos… —Gritó de la nada.—¡Que se los joda un burro!— Un hilo de baba sale de su boca y su asesor acata la orden.
Por los televisores de todo el país se está difundiendo un mensaje, manipulado por algunos medios. “Hay que luchar contra esto.” Y aunque el único tumulto que ocurre en realidad tiene como base una píldora caída, todos ven las pancartas de la otra toma, inteligentemente colocadas luego de las imágenes del tumulto… Y se dan cuenta de que deben hacer algo, ha llegado el nuevo amanecer.
Están frente al ayuntamiento, donde está el alcalde colocado. Gritando, protestando por sus derechos… intentando superar las verjas que los separan de la “clase” superior. Sus gritos dicen más que todo lo que se ha dicho en los últimos meses. Son más atrevidos que los que han hecho desde el inicio del gobierno actual. Todos tienen algo que decir, no importa si ya lo dijeron. Todos quieren matar al desgraciado que está tras las puertas, como un puto holgazán.
“¡Que se muestre!” Gritan llenos de furia.
Al frente está el sujeto haraposo. Todos lo siguen, algunos no lo reconocen… Otros sí, sus ojos están dilatados y rojos por la cocaína. Es solo un detalle menor, nadie se da cuenta. Él lo lidera todo y se siente en la cumbre. Él sí está capacitado para gobernar… ¿No han visto los manifiestos que ha puesto en su blog? Todos los leen, todos opinan lo mismo que él y lo incitan, inclusive, a ser político. Pero a él le dan asco los políticos y aunque piensa que lo puede hacer mejor, prefiere que otros se encarguen, tal vez más sabios que él. Si es que es siquiera sabio.
El Escuadrón Antidisturbios se encuentra primero con la protesta. Confundidos por los gritos, acatan las órdenes de dispersar al conglomerado. Lo hacen con una furia que poco conocen, con una determinación que viene dada por el gran tamaño del animal salvaje al que ellos atacan. Ya nada se entiende.
Y mientras el caos no es más que el epílogo de lo que venía sucediendo desde que comenzó todo, lo que sucederá es poco comprendido por todos. Digno de una tragicomedia. Digno de aplausos.
El miedo ocupa a todo el mundo, al empleado con su gran sueldo… que es emboscado por el joven activista que vio el golpe que le dio al pobre viejo mendigo. Es emboscado como la chica a la que ignoró, y el karma empieza a parecer cada vez más una realidad cierta. Lo explica todo. Su traje queda sucio y destruido. Perdió un diente, no puede ver por un ojo y si quedó vivo no fue más que salvado por la revuelta. Bajo el techo de una panadería, dado por muerto por la mayoría de los saqueadores.
Y el Escuadrón Anti-camellos se da cuenta de algo importante. Están bajo el techo del apartamento del activista del internet. Encuentran droga, efectivamente, pero para su consumo. Y ya no saben si están ahí por lo que ha escrito o si es por las drogas… ¿Era eso una excusa para matarlo? No lo saben, pero son llamados para ayudar al Escuadrón Antidisturbios, por lo menos hasta que llegue el ejército. Ahí tendrán su primer descanso.
Pero los policías están acorralados entre sus bombas y armas. Sus atacantes están heridos y no tienen armas, pero la fuerza avasalladora de la multitud es atenazante.
El sujeto que fue a buscar el café se ve en la necesidad de tocar el botón rojo, y aunque ya lo había ordenado el alcalde, se vuelve una razón más para que los soldados vayan a la ciudad principal. Su mano tiembla, vierte un poco de su café.
La revuelta en frente del Ayuntamiento se vuelve una batalla campal, algunos policías son forzados a usar sus subfusiles como armas de cuerpo a cuerpo. No tuvieron tiempo de atacarles antes de que ellos se les acercasen… Y un novato ve una abertura. Ve al sujeto haraposo que parece el líder de todo. Ve su mueca de confusión y siente que debe disparar. Las balas de 9mm rebotan contra las verjas antes de que pueda apuntar correctamente… Justo cuando el alcalde sale, poseído por las drogas y ve a su hijo. El activista del blog, Diego Nsue, siendo atravesado por balas que jura de mentira. Ve su mueca de odio contra él, y todo se derrumba, sale corriendo aunque sabe que morirá. Sabe que lo agarrará la multitud… pero es su hijo, su único hijo.
Ya no actúa con lógica, las drogas y la emotividad del momento le dominan. Una bala perdida roza su brazo. Cuando llega a su hijo, lo abraza y solloza como nunca, un golpe lo tumba al piso. Justo como él tumbó al Jefe de la Comisaría. Todo se va devolviendo de una manera extraña y graciosa.
La nube se ha acercado ya mucho a la ciudad. Está por lanzar su escupitajo a todos los que pelean allá abajo sin razones verdaderas.
El alcalde se para. Lleno de miedo, una bala atraviesa su cuerpo. Balas perdidas; balas que salieron del cañón sin destinatario y que corren por abrazar al primer hombre u objeto que ven. Y lo ven a él y lo atraviesan demostrando el amor por su vocación.
Y la lluvia ácida cae sobre todos. Destruyendo sus prendas, formando quemaduras en sus cuerpos. Todos se dan cuenta de lo asquerosa que es la sociedad… Y ya el joven empresario se preocupa poco por su reloj. Se siente aliviado porque sabe que llueve y no morirá. Quiere ser un hombre útil, quiere poder hacer algo por la sociedad, para que no ocurra esto de nuevo, si sale con vida.
Todos corren con miedo a los lugares con techo. Ya no importa de qué bando eres. Solo importa sobrevivir. No importa nada. Si una revolución está ocurriendo se verá después. Las quemaduras destruyen la carne. Incluso llegando al hueso, en el peor de los casos. Es el escupitajo divino de la naturaleza, que ataca sin ver a quién, que ataca por todo lo que la sociedad le ha hecho vivir. El karma se vuelve una broma graciosa.
Pronto todos se darán cuenta de que todo ha acabado. El presidente murió por una emboscada en la Casa Blanca. La mayoría de los alcaldes se dieron por vencidos. Es el triunfo del pueblo, pero nadie se da cuenta de lo que sucedió… ni saben qué deben hacer ahora.
Hay un sentimiento que les dice que algo divino sucedió. Los unió a todos, pero es solo la idealización de los hechos.
Una rata resbala en su búsqueda de comida en lo que sería el torrente principal. Su pata sufre quemaduras de primer grado en un principio, en cuanto traga un poco de esa agua, una neuro-toxina infecta al animal, dejándolo inmóvil en su sufrimiento. No dura mucho, de todas formas.
El orgulloso trabajador de una de las empresas más importantes del país decidió darse un paseo por las calles. Sentirse a gusto con un ambiente que hace más de tres décadas que dejó de ser el mismo, pero él era muy joven, ¿qué va a estar recordando? Más importante era el nuevo héroe de televisión y sus juguetes, por su puesto. Su reloj, una de las prendas más caras que lleva, marca las doce menos cuarto.
Un vagabundo se acerca a nuestro sujeto, su piel corronchosa y llena de úlceras le da un aspecto poco menos que humano. El príncipe teme mancharse y le da una patada en las costillas. La escoria nunca debe tocar a los seres superiores, ¿me oíste?
—Nunca debes acercarte a uno de mi clase… monstruo…— Susurra con su voz refinada y cuidada, de los altos barrios, de los que no sufren.
Al momento de efectuarse esto, un joven activista de veintidós años lo ve. Se llena de rabia pero decide controlarse. Pierde más el que juega sin pensar.
Entretanto, entre el cielo gris y la polución, una nube tienta con salir. Sucia, asquerosa, voluble.
La niña que jugaba con su hermano menor en los barrios bajos, el inframundo, encuentra a un perro que le pareció adorable desde que lo vio. Ríe tiernamente mientras el perro le ofrece la pata. ¿Es el mejor amigo del hombre, no? El niño corre hacia su hermana, junto al perro. Una ráfaga de viento acaricia sus pómulos rosados, los de ambos. El perro chilla un poco. Una ráfaga de subfusil destrona al viento cantor. Una segunda ráfaga abre una brecha en una casa hecha a base de endebles láminas de aluminio. No había nadie, mas queda severamente dañada. La tercera ráfaga atraviesa el frágil brazo del niño, primero su hombro… luego un poco más arriba, mientras cae, su cuello. El rictus de su cara será inolvidable para la niña. Poco sabe que eso será el dolor más profundo que sentirá, a la edad de seis años; el trauma que marcará su vida. Poco lo sabe.
El alcalde de la ciudad se regocija con un pedazo grasiento de pollo. Habla con el Jefe de la Comisaría. ¿Polvo blanco, éxtasis, heroína?
—Lo quiero todo, joder, Max. ¿No ves que estoy en la puta cima? ¡Es que no lo ves!
El Jefe ríe estentóreamente, el alcalde le devuelve la carcajada. Su mano saca un utensilio con varios botones. Ríe sardónicamente, y ya el Jefe no entiende ni una mierda de lo que sucede. No sabe por qué está ahí. En realidad lo sabe, pero quiere ignorarlo. La mirada de su cómplice se vuelve pérfida. Los ojos de ofidio que no mostró en su campaña política; la sangre fría que se mantuvo caliente por infusiones de bebidas alucinógenas. Teme por su puta vida, es lo menos que se hace en esta ciudad, donde no es el más fuerte el que vive, sino el que tiene más suerte.
—Ya debes saber cómo son las cosas, compadre. No es si tengo el dinero o no, ¡claro que lo tengo! Todo el que quiera, todo con lo que sueña yo lo tengo. Y óigame bien: conmigo usted no negocia. Ningún pelagatos como usted negocia con alguien de mi clase. ¿Me entiende?
Una cresta roja y unas alas graciosamente superpuestas rodean la imagen del Jefe. Tiembla como una gallina, tiene piel de gallina. ¿Qué quiere ser exitoso en esta vida? Ya no más, ahora solo quiere vivir para el próximo día. Su hijo tendrá el regalo que quiera, pues ya gana lo suficiente. Su esposa estará feliz, pero el nuevo carro deportivo no será suyo. ¿Es que acaso importa? Tiene un buen carro. Se convence a sí mismo como pocos psicólogos saben convencer a los demás… y es que somos dos en un mismo cuerpo: nuestros deseos y nuestra conciencia. Apuñalándonos tan fuerte que la endorfina se produce en masa, y nuestros deseos nos llenan de un placer insano.
—Cla..¡Claro que sí!— Dice con su voz quebrada.
—¡Habla como hombre, carajo! Que no te oigo, ¡soplapollas!
El Jefe siente el puño grasiento del alcalde reventar su labio superior. Esto es una broma…, una obra de teatro y tiene que hacer su papel con austeridad.
La nube sigue flotando insidiosa sobre la ciudad, preguntándose qué hacer. ¿Debo estornudar ahorita toda mi fiebre o atormentarlos luego? La madre naturaleza, el ser más malvado del planeta.
El hombre de los altos barrios pasa frente a una relojería de tres pisos. Su marca preferida, se para y observa con minuciosidad los relojes. Frente a él hay un reflejo suyo. Pero él no se da cuenta de eso. A su lado están atracando y violando a una chica, la llevan en peso a un callejón y sus gritos se pierden ante rascacielos que son más los nuevos Obeliscos que edificios. La música entremezclada por la contaminación auditiva es una broma para todos. Sus reproductores musicales les permiten oír los que les dé la gana o nada en absoluto. Pero están violando a una chica y sus ojos azules lloran como nunca. Intenta arrastrarse por el suelo y un golpe, seco, mordaz, le provoca un hematoma en el ojo. Le halan el cabello. Está perdida y lo sabe.
La gran ciudad es un laberinto que se pierde entre miles de personas, todas separadas por vitrinas… Vitrinas que los reflejan a ellos mismos, sus prejuicios, sus miedos: lo que son realmente. Pero ellos solo ven a otras personas representándolos y al hermoso reloj de enfrente. Se lo tiene que comprar…
Suena su celular, lo atiende y dice que ya va llegando. Falta media hora de caminata, pero qué importa. Tiene uno de los mejores sueldos, es un galán… ¿Qué mierda le importa llegar media hora tarde? Si tienen tantas ganas de verlo que se esperen, lo bueno se hace esperar.
Una fila que recorre casi dos cuadras completas es lo primero que se observa al llegar a uno de esos puntos de “Ayuda a la Comunidad”, ahora se ha vuelto una especie de “Salva a la Ciudad”, pero la intención se mantiene. Todos están abatidos, todos se quejan. Todos sufrirán de insolación al menos hasta que sol atentado por la nube negra lo resuelva todo. Al menos que eso suceda.
El médico de jornada está bebiéndose una cerveza. Mira con graciosa sonrisa como sus ayudantes lo hacen todo. Él solo tiene que supervisar, solo eso… por suerte.
Si se desmaya alguien por deshidratación e insolación es su problema. Él no tiene que ver con eso. Cumple su trabajo y que los demás se jodan. Lo mismo piensa su amigo, médico también, aunque no hace nada al respecto.
—Menuda mierda de ciudad— dice el primero.
—No se puede hacer nada, hombre.
—Y los sueldos son una mierda. Mira a esos de allá— dijo señalándolos—, llevan dos horas esperando… Menuda gentuza.
—Pero vamos, que al menos deben hacer algo para sobrevivir…
El pequeño niño, sucio y desnutrido, agarra las píldoras proporcionadas por la linda enfermera. Con ella soñará por lo menos por una semana, cuando vaya por su próxima ración de píldoras. Las que le sustentan la vida, los pocos minerales y vitaminas que le garantizan seguir viviendo. El único motivo por el cual su desvalido cuerpo aún no se da por muerto. Su cabello negruzco cubre la mayor parte de su cabeza. Sus padres no tienen para cortárselo, pero esperen… no es que no tenga padres. Es que están desaparecidos… Se convence de eso. Es la solución a sus problemas. Él no vio como los dos se mataban entre sí. Como gritaban palabras “malas” y se mutilaban con esos bonitos utensilios de cocina. Ah, tiene que sacar al perro cuando llegue a casa… y luego hacer el tonto por ahí. Buscar comida para su perro, fumar, aprender de los adultos. Cosas útiles que se aprenden a la tierna edad de nueve años.
Una píldora cae. Cae de un precipicio que no conoce. Siendo precisos, se escurre de las manos del niño. Siendo incluso más precisos, todo parece detenerse en un hermoso adagio. No hay nada más que la píldora cayendo, precipitándose contra el suelo. Porque es lo que más desea, chocar contra el suelo. Causar el estrépito, derrocar a la tranquilidad ruidosa de la ciudad, hacer que la multitud se vuelva tumulto y que todo se pierda en un mar de brazos, en olas de piernas y odio bramado. Y eso pasó. La píldora cae, el pequeño sonido cautiva por un segundo casi incomprensible al primer hombre de la fila. Este se abalanza sobre ella y una reacción en cadena sucede. El niño corre, ahuyentado por el miedo; pero alguien se da cuenta de eso y va a por él. La humanidad desborda en brutalidad, un hombre se abalanza contra el hombre que va contra el niño y todo se vuelve una revuelta. Entra gente que poco tiene que ver. Una mandíbula dislocada, un ojo morado, dientes rotos, todo forma parte de eso mas nadie se da cuenta. Están muy ocupados golpeándose.
—¡Pero qué mierda sucede!— Gritó el médico déspota, antes de ser empujado de su silla contra el piso. Ya nadie sabe lo que pasa.
El chasquido del martillo del subfusil invade el silencio de la operación. Escuadrón Anti-Camellos, así se llaman y por ridículo que suene su nombre para un niño, no están en contra de la manifestación libre de los camellos de egipcio. Sino en el transporte de droga de estos humanos-camello.
Uno, dos y tres. Adelante. Eso indica las señas del capitán del escuadrón. Una patada termina de abrir la puerta. Sala vacía. Mira a los alrededores, atrás de la puerta. Zona despejada. “Entren”, susurra la seña.
Libros de ocultismo, de teorías conspiratorias, de política, de filosofía, de matemática. Pura basura. Piensa el capitán, lo que importa es el juego de beisbol y dar unos cuantos disparos certeros. Eso es de hombres. Todos los libros están entre el suelo y una pequeña mesa redonda. La levanta de un patada, ¿y si hay droga debajo de ella? Hay que hurgar hasta donde menos se cree. Dos estantes de libros. Marcadores tirados en el suelo, nuevos y recién estrenados. Láminas de cartulina en el bote de basura, arrugadas.
—Esto más parece la ratonera de un bibliotecario, ¿nos habremos equivocado?— Dice el nuevo, es su primera misión.
—Shhh… Nunca sabes lo que puedes encontrar en los escondrijos de los camellos. Nunca, aunque si algo he de decir es que éste es uno excepcional. Una marica de biblioteca.
Una carcajada general estalla.
—No hay nada en ningún puto cuarto… Hemos revisado hasta en la mesa de noche…
El capitán está comiéndose un pan con jamón al momento en el que le dicen eso.
—Está jodidamente bueno, ¿quieres un poco?
—¿No... no se supone que debemos buscar drogas?— Dice el joven.
—¿Y si las esconden en la nevera, pendejo?— Se burla su capitán.
Esta es una de las lecciones de vida más valiosas que aprenderá en su porvenir como miembro de un escuadrón. Probablemente el más valioso: nunca te tomes en serio tu trabajo si no hay un sociópata apuntándote.
Todo se vuelve un relajo rápidamente. Ya trabajarán si son llamados por el Jefe. Ya trabajarán…
Quince minutos antes un sujeto con ropa haraposa salía del apartamento por el ascensor, como acostumbraba a hacer. Traía una pancarta, rígida por una vara, apoyada en su hombro. Giró a la izquierda y miró a la ciudad con rabia. Sus ojos llameaban a vivo fuego, la hoguera estaba recién prendida. La cocaína le revitalizaba luego de dos días sin dormir. Mira al cielo por última vez en el día. Una nube se posa juguetona… hoy hará buen día.
Uno de los vigilantes encargados de la avenida principal (donde está el ayuntamiento), mira con profundo fastidio las cámaras. Nunca sucede nada, todos tienen demasiado miedo, él lo sabe por qué él también teme. No se atreve a decirle a nadie de qué trabaja, pero comparte su miedo. Comparte el miedo que tienen todos de que La Ley Marcial arrase con la ciudad en un abrir y cerrar los ojos. Porque él y sus compañeros de trabajo se encargan de que ocurra eso.
“Emergencia”, le dice el botón en rojo, burlándose de él, de ese ojeroso y escuálido ser.
Sale de la habitación oscura y recuerda una de esas escenas que tratan sobre películas de NEET’s solitarios e introvertidos. Ellos viven en una sala oscura, llenas de monitores, como él. Están encerrados por propia voluntad, claro. Él es cómplice de su encierro, aunque preferiría beberse una cerveza con sus amigos. Abre su puerta y la luz artificial lo invade. Ve manchas y se siente un poco mareado por unos segundos, luego se acostumbra. El largo pasillo conformado por puertas, cada una encargada de observar una zona diferente.
Él sabe que no debe salir a menos que esté en el cambio noche a mañana, pero es una ley que todos conocen y nadie cumple. Si tienes ganas de tomarte un café porque te mueres de sueño, tómatelo. Nadie se dará cuenta porque nunca sucede nada y si te quedas dormido en el trabajo es mucho peor.
El botón de “Emergencia” es tocado por primera vez. Él no es el artífice del crimen. Es el sujeto de al lado, su vecino, que observa con dolor y furia como una bandada de gente hambrienta, del inframundo, lucha por las condenadas píldoras para no tener que comprar comida y poder superarse, ese es el ideal. Ve como se golpean entre sí. Como los locales de las cercanías son saqueados… y su dedo sangra del color rojo que contornea a la palabra “Emergencia”… Y sabe que si esto se extiende demasiado y un montón de llamados de “Emergencia” se vuelven bramidos al unísono, la Ley Marcial acaecerá sobre ellos. Y tiene miedo, y no puede hacer nada. Ya vendió su alma al gobierno por el dinero que le cuesta su subsistencia y un paseo seguro en el “Purgatorio”, como es conocida la zona donde vive la gente de clase media. Al menos no tiene que tragarse esas asquerosas píldoras. Al menos.
A la comisaría le llega el momento de usar su Escuadrón Antidisturbios. Ellos también tienen un poco de miedo, pero se lo toman con parsimonia. Tienen armas, bombas lacrimógenas, bombas somníferas y… bombas incendiarias. El tumulto tiene el pánico y la arbitrariedad que le caracteriza. ¿La improvisación ganará a lo esquematizado? Algunos músicos dirían que sí, para la mala suerte general, esto no es música, es guerra. Y en la guerra el más sano pierde, el más débil perece, y si estás mejor equipado, jodes a quien te plante cara.
Todos se ponen sus uniformes con premura. Están emocionados algunos, otros, más conscientes de la situación dirían algunos, esperan no herir a nadie. Esperan que su subconsciente no les traicione, esperan no volverse unos perros desalmados. Animales regidos puramente por el instinto.
—Qué bonito el lunar en tu trasero, eh, Román—, dice uno de los veteranos al más nuevo.
—Jódete, hijoputa.
—Cuida tus palabras, nena—, le contesta entre risas el veterano.
Y con esa naturalidad se lo toma gran parte del escuadrón. Las cosas tienen que hacerse, y si no se lo tomaran con ese humor, pensar que el tumulto no es más que una plaga de ratones se les haría imposible. Esa es la excusa, bonitamente elaborada. En realidad mientras sus traseros, con lunares o no, salgan sin heridas, todo está bien.
El joven empresario no sabe que está siendo perseguido y preferiría no saberlo. Preferiría no saber lo que le sucederá, y por suerte no lo sabe.
Un grupo de cincuenta personas está siguiendo al joven haraposo. Todos tienen pancartas. Todos están preparados para dar su vida por un propósito que consideran justo.
En pos de una sociedad mejor. En pos de que la mierda deje de ser lo que respiren. En pos de que un alcalde mejor se ocupe de la ciudad. Joder, que un presidente mejor se ocupe de todo. No obstante, todo tiene que seguir un orden. No se puede pretender matar a un gigante con puros tomates. Quizá David si lo podría hacer, pero ellos no. Ellos van primero por uno de los mayordomos de Goliath, y cuando tengan una masa suficiente de gente, se encargarán de este último. Si tienen suerte.
De los edificios va saliendo más gente. Muchos no saben lo que ocurre. Improvisan, salen en pijamas. ¡Quieren participar en esta revolución! Ser los que decidan su futuro, ¡ya no esperarán! Los más ávidos de revolución se enteraron por un bloguero que recobraba cierta familiaridad en el internet. Pero eso no comienza ahí, comienza desde antes. El escritor solo lo explota. Explota cada minúsculo hecho que ocurre. La gente debe despertar.
Varios vigilantes notan la horda… no saben cómo tomarlo. Todavía no se vuelve revuelta. Todavía no saben contra qué protestan… Quieren participar en ello, porque, como dije, viven lo mismo que esa sociedad a la que ellos quemarán si es necesario. Porque a estos vigilantes sí que los vigila un vigilante mayor. Uno que ve cada movimiento que hacen, si cometen o no un error. Si toman un café no importa, por las razones ya explicadas, porque es poco probable que suceda algo grave. Porque la sociedad gregaria tiene pocas razones para sublevarse.
Un pequeño grupo se vuelve lentamente una horda. Van dándose ánimos entre sí. Van levantando a los que se caen, porque el propósito es una sociedad unida. No saben si funcionará, pero es el consuelo. Morir todos juntos, con sus debilidades, con un pequeño miedo que se va extinguiendo mientras ven a otros más seguros (tal vez incluso más temerosos que los primeros).
La nube deja caer sus primeras gotas en las afueras de la ciudad. Verdosas, ácidas e hirientes como una apuñalada. Es el escupitajo que le manda al mundo a la sociedad. La razón por la que se proclama como una especie de Dios. La llovizna no dura mucho y se amaina. Nadie la siente más que carros que se dirigen a la ciudad. Les tiene sin cuidado unas pequeñas gotas verdes.
El disturbio toma parte de la mafia local, pronto pistolas automáticas modificadas escupen ráfagas de treinta y dos balas en pocos segundos. La mayoría falla, pero es divertidísimo tener esa especie de poder entre las multitudes desarmadas. Ya nadie sabe por qué se originó todo, y poco les importa. Se sienten como gladiadores, como guerreros de una clase superior. Se arrancan pedazos de orejas, pedazos de piel. El hermoso lienzo gris que es la ciudad se va volviendo rojo. Y ya no es solo una cuadra la que está siendo destruida, sino dos… o tres, o cuatro.
Los más vivos saquean las tiendas, roban cuanto pueden. Es una oportunidad en un millón, entre miles de millones. Quién sabe… ¿quién sabe?
El alcalde, Nicolas Nsue, está viviéndolo todo de maravilla. Está en su juventud, cuando disfrutaba tiempo de calidad con su hijo. Antes de que se descarrilara… Antes de que se volviera un maldito anarquista. Así lo catalogaba él, ignoraba lo que él opinaba. Se había descarrilado y había matado con sí muchas cosas, mas no lo que sentía su padre por él, respeto… por ser un imbécil, pero tener sus principios claros…y amor, porque era su hijo…y a pesar de ser un pendejo que luchaba por una causa sin razón, no vendió su alma al diablo. Al presidente que tienen por diablo.
Esas son unas de las pocas cosas que recuerda. Muchas cosas vienen de su baúl de la memoria, cosas que ni sucedieron. Cabras voladoras, son rosadas y parecen unicornios. Culebras que se convierten en cable, salen de su teléfono, que tiene una especie de trompa de elefante como auricular. ¿Qué mierda importa la ciudad? En cuanto salga, mejor… Una ocupación menos, más dinero para gastar como le plazca. Él lo va invertir, no hará como esos que salen del poder y se dedican a gastar su dinero y luego están en la calle. Nadie los reconoce, o los reconocen pero por lástima los hacen pasar por desconocidos.
Está en su mundo de ensueño hasta que ocurre un terremoto. La puerta de su despacho se abre y su asesor lo ve “colocado”, ya lo ha visto así. No es cosa nueva… no es como si necesitara la mitad de su cerebro para dar una orden. Y, sin embargo, eso no le quita lo aterrador a acatar las órdenes de alguien en ese estado.
—Hay una emergencia, señor… Un tumulto se extien…
—¡LEY MARCIAL! Que se los joda un burro, a todos esos pendejos… —Gritó de la nada.—¡Que se los joda un burro!— Un hilo de baba sale de su boca y su asesor acata la orden.
Por los televisores de todo el país se está difundiendo un mensaje, manipulado por algunos medios. “Hay que luchar contra esto.” Y aunque el único tumulto que ocurre en realidad tiene como base una píldora caída, todos ven las pancartas de la otra toma, inteligentemente colocadas luego de las imágenes del tumulto… Y se dan cuenta de que deben hacer algo, ha llegado el nuevo amanecer.
Están frente al ayuntamiento, donde está el alcalde colocado. Gritando, protestando por sus derechos… intentando superar las verjas que los separan de la “clase” superior. Sus gritos dicen más que todo lo que se ha dicho en los últimos meses. Son más atrevidos que los que han hecho desde el inicio del gobierno actual. Todos tienen algo que decir, no importa si ya lo dijeron. Todos quieren matar al desgraciado que está tras las puertas, como un puto holgazán.
“¡Que se muestre!” Gritan llenos de furia.
Al frente está el sujeto haraposo. Todos lo siguen, algunos no lo reconocen… Otros sí, sus ojos están dilatados y rojos por la cocaína. Es solo un detalle menor, nadie se da cuenta. Él lo lidera todo y se siente en la cumbre. Él sí está capacitado para gobernar… ¿No han visto los manifiestos que ha puesto en su blog? Todos los leen, todos opinan lo mismo que él y lo incitan, inclusive, a ser político. Pero a él le dan asco los políticos y aunque piensa que lo puede hacer mejor, prefiere que otros se encarguen, tal vez más sabios que él. Si es que es siquiera sabio.
El Escuadrón Antidisturbios se encuentra primero con la protesta. Confundidos por los gritos, acatan las órdenes de dispersar al conglomerado. Lo hacen con una furia que poco conocen, con una determinación que viene dada por el gran tamaño del animal salvaje al que ellos atacan. Ya nada se entiende.
Y mientras el caos no es más que el epílogo de lo que venía sucediendo desde que comenzó todo, lo que sucederá es poco comprendido por todos. Digno de una tragicomedia. Digno de aplausos.
El miedo ocupa a todo el mundo, al empleado con su gran sueldo… que es emboscado por el joven activista que vio el golpe que le dio al pobre viejo mendigo. Es emboscado como la chica a la que ignoró, y el karma empieza a parecer cada vez más una realidad cierta. Lo explica todo. Su traje queda sucio y destruido. Perdió un diente, no puede ver por un ojo y si quedó vivo no fue más que salvado por la revuelta. Bajo el techo de una panadería, dado por muerto por la mayoría de los saqueadores.
Y el Escuadrón Anti-camellos se da cuenta de algo importante. Están bajo el techo del apartamento del activista del internet. Encuentran droga, efectivamente, pero para su consumo. Y ya no saben si están ahí por lo que ha escrito o si es por las drogas… ¿Era eso una excusa para matarlo? No lo saben, pero son llamados para ayudar al Escuadrón Antidisturbios, por lo menos hasta que llegue el ejército. Ahí tendrán su primer descanso.
Pero los policías están acorralados entre sus bombas y armas. Sus atacantes están heridos y no tienen armas, pero la fuerza avasalladora de la multitud es atenazante.
El sujeto que fue a buscar el café se ve en la necesidad de tocar el botón rojo, y aunque ya lo había ordenado el alcalde, se vuelve una razón más para que los soldados vayan a la ciudad principal. Su mano tiembla, vierte un poco de su café.
La revuelta en frente del Ayuntamiento se vuelve una batalla campal, algunos policías son forzados a usar sus subfusiles como armas de cuerpo a cuerpo. No tuvieron tiempo de atacarles antes de que ellos se les acercasen… Y un novato ve una abertura. Ve al sujeto haraposo que parece el líder de todo. Ve su mueca de confusión y siente que debe disparar. Las balas de 9mm rebotan contra las verjas antes de que pueda apuntar correctamente… Justo cuando el alcalde sale, poseído por las drogas y ve a su hijo. El activista del blog, Diego Nsue, siendo atravesado por balas que jura de mentira. Ve su mueca de odio contra él, y todo se derrumba, sale corriendo aunque sabe que morirá. Sabe que lo agarrará la multitud… pero es su hijo, su único hijo.
Ya no actúa con lógica, las drogas y la emotividad del momento le dominan. Una bala perdida roza su brazo. Cuando llega a su hijo, lo abraza y solloza como nunca, un golpe lo tumba al piso. Justo como él tumbó al Jefe de la Comisaría. Todo se va devolviendo de una manera extraña y graciosa.
La nube se ha acercado ya mucho a la ciudad. Está por lanzar su escupitajo a todos los que pelean allá abajo sin razones verdaderas.
El alcalde se para. Lleno de miedo, una bala atraviesa su cuerpo. Balas perdidas; balas que salieron del cañón sin destinatario y que corren por abrazar al primer hombre u objeto que ven. Y lo ven a él y lo atraviesan demostrando el amor por su vocación.
Y la lluvia ácida cae sobre todos. Destruyendo sus prendas, formando quemaduras en sus cuerpos. Todos se dan cuenta de lo asquerosa que es la sociedad… Y ya el joven empresario se preocupa poco por su reloj. Se siente aliviado porque sabe que llueve y no morirá. Quiere ser un hombre útil, quiere poder hacer algo por la sociedad, para que no ocurra esto de nuevo, si sale con vida.
Todos corren con miedo a los lugares con techo. Ya no importa de qué bando eres. Solo importa sobrevivir. No importa nada. Si una revolución está ocurriendo se verá después. Las quemaduras destruyen la carne. Incluso llegando al hueso, en el peor de los casos. Es el escupitajo divino de la naturaleza, que ataca sin ver a quién, que ataca por todo lo que la sociedad le ha hecho vivir. El karma se vuelve una broma graciosa.
Pronto todos se darán cuenta de que todo ha acabado. El presidente murió por una emboscada en la Casa Blanca. La mayoría de los alcaldes se dieron por vencidos. Es el triunfo del pueblo, pero nadie se da cuenta de lo que sucedió… ni saben qué deben hacer ahora.
Hay un sentimiento que les dice que algo divino sucedió. Los unió a todos, pero es solo la idealización de los hechos.
En fin, eso es todo... Dejen sus opiniones y lo que sea que quieran decir con respecto al relato-oneshot
y
Cambio y corto xD
Ultima edición por Liare el Mie Oct 19, 2011 9:58 am, editado 1 vez
